
Un domingo cualquiera, un almuerzo familiar como cualquiera, una charla como cualquiera. Puede ser sobre algún otro familiar, sobre el precio del tomate, sobre el nuevo trabajo de mi primo; bien podría ser sobre política y bien podría ser -seguramente, podría ser- un nuevo episodio del torneo interfamiliar de fascismo ortodoxo: que son vagos que no quieren trabajar, que hace falta mano dura, que -cuando toma la palabra el multipremiado defensor del título- a ustedes habría que haberlos matado a todos y ahí es cuando yo me hago cargo de la defensa de la revolución interplanetaria y respondo que llegado el momento voy a estar del otro lado de la trinchera y apuntando, en fin. Un domingo como cualquiera.
Y entonces, en un momento cualquiera y con la misma naturalidad con que podría decirse qué rico que está todo o pasame un cacho de pan, mi abuelita me mira y me dice: "Nene, ¿vos vas bien de cuerpo?"
Por un segundo, o más bien menos, por una milésima de segundo, todo se congela, las palabras se suspenden, el silencio se impone como un abismo y sólo quedan flotando en el tiempo y el espacio esas palabras, tan inocentes como desgarradoras: "Nene, ¿vos vas bien de cuerpo?"
Casi en el acto estallan las risas, las carcajadas, la tía que dice “Ay, mamá!!!” con tono escandalizado y un raviol a la bolognesa se me atora con violencia en el tubito que va de la boca a la nariz, cuando intentaba salir eyectado al exterior.
Mi abuela no entiende el desconcierto, ni los retos, ni las risas ni el raviol en mi nariz. Es que para ella la pregunta fue tan natural como la respiración, como el latido del corazón, como preguntar qué era lo que estaba estudiando en la facultad; le preocupa mi salud intestinal y también la suya. Lo más natural del mundo. Y entonces nosotros reímos más todavía, pero cuando las risas paran, queda latente la pregunta: ¿acaso no es tan natural ir de cuerpo como respirar?
Y sí, lo es: cagar, cagamos todos. Sin embargo, todos actuamos como si no lo fuera, como si nuestro cuerpo metabolizara los desechos y los transformara en dióxido de carbono. Pero no.
La caca nos afecta a todos.
Antes de irme a vivir con Flor, cuando todavía ella vivía en el dpto de Villa Crespo con su amiga, cada semana me quedaba a dormir varios días en su casa. Y uno de los pocos recuerdos feos que tengo de esa bonita etapa es el que se refiere a la cantidad de veces que tuve que sufrir conteniendo lo incontenible, buscando el momento más adecuado para conectarme conmigo mismo (cuando me voy a bañar, cuando vas al super, cuando me despierto a las 4 am) sin que nadie lo supiera.
¿Por qué, por qué? ¿Por qué estoy frunciendo como un boludo si cagar, cagamos todos? Sí, lo sé, pero igual voy a tratar de aguantar hasta que llegue al laburo, mañana a la mañana. Y en el laburo, voy a decir que después de ir al baño voy al kiosco, así nadie se da cuenta de que tardé más de lo que tarda un pis estándar.
Hoy, tras varios meses de convivencia, la cuestión se ha naturalizado un poco. Un “voy al baño” alcanza. Lo cual es todo un logro, desde aquella primera vez en que, cual adolescente que se va a declarar a su primer amor, tuve que encarar: “este…. Eh, mi amor… eh… bueno… me estoy cagando”. Mierda si no fue un logro (perdón, quise decir caramba). Y sin embargo, todavía esas simples palabras se dicen no sin cierta incomodidad y, más aun, son el inicio del ritual que acompaña ese momento tan nuestro y tan ajeno: poner la música fuerte, esperá que voy a mear primero, etc.
Más allá de las múltiples y profundas explicaciones psicoanalíticas para el fenómeno, creo que de todos modos la humanidad debería empeñarse en abandonar esas costumbres contra-natura de reprimir lo irreprimible y dejarnos ser. O bien, como diría mi hermana y sus compañeras de estudio, dejarnos “aflorar” libremente. El mundo va a ser mejor el día en que podamos ir a cagar en libertad y con alegría.
La caca nos afecta a todos.
Y entonces, en un momento cualquiera y con la misma naturalidad con que podría decirse qué rico que está todo o pasame un cacho de pan, mi abuelita me mira y me dice: "Nene, ¿vos vas bien de cuerpo?"
Por un segundo, o más bien menos, por una milésima de segundo, todo se congela, las palabras se suspenden, el silencio se impone como un abismo y sólo quedan flotando en el tiempo y el espacio esas palabras, tan inocentes como desgarradoras: "Nene, ¿vos vas bien de cuerpo?"
Casi en el acto estallan las risas, las carcajadas, la tía que dice “Ay, mamá!!!” con tono escandalizado y un raviol a la bolognesa se me atora con violencia en el tubito que va de la boca a la nariz, cuando intentaba salir eyectado al exterior.
Mi abuela no entiende el desconcierto, ni los retos, ni las risas ni el raviol en mi nariz. Es que para ella la pregunta fue tan natural como la respiración, como el latido del corazón, como preguntar qué era lo que estaba estudiando en la facultad; le preocupa mi salud intestinal y también la suya. Lo más natural del mundo. Y entonces nosotros reímos más todavía, pero cuando las risas paran, queda latente la pregunta: ¿acaso no es tan natural ir de cuerpo como respirar?
Y sí, lo es: cagar, cagamos todos. Sin embargo, todos actuamos como si no lo fuera, como si nuestro cuerpo metabolizara los desechos y los transformara en dióxido de carbono. Pero no.
La caca nos afecta a todos.
Antes de irme a vivir con Flor, cuando todavía ella vivía en el dpto de Villa Crespo con su amiga, cada semana me quedaba a dormir varios días en su casa. Y uno de los pocos recuerdos feos que tengo de esa bonita etapa es el que se refiere a la cantidad de veces que tuve que sufrir conteniendo lo incontenible, buscando el momento más adecuado para conectarme conmigo mismo (cuando me voy a bañar, cuando vas al super, cuando me despierto a las 4 am) sin que nadie lo supiera.
¿Por qué, por qué? ¿Por qué estoy frunciendo como un boludo si cagar, cagamos todos? Sí, lo sé, pero igual voy a tratar de aguantar hasta que llegue al laburo, mañana a la mañana. Y en el laburo, voy a decir que después de ir al baño voy al kiosco, así nadie se da cuenta de que tardé más de lo que tarda un pis estándar.
Hoy, tras varios meses de convivencia, la cuestión se ha naturalizado un poco. Un “voy al baño” alcanza. Lo cual es todo un logro, desde aquella primera vez en que, cual adolescente que se va a declarar a su primer amor, tuve que encarar: “este…. Eh, mi amor… eh… bueno… me estoy cagando”. Mierda si no fue un logro (perdón, quise decir caramba). Y sin embargo, todavía esas simples palabras se dicen no sin cierta incomodidad y, más aun, son el inicio del ritual que acompaña ese momento tan nuestro y tan ajeno: poner la música fuerte, esperá que voy a mear primero, etc.
Más allá de las múltiples y profundas explicaciones psicoanalíticas para el fenómeno, creo que de todos modos la humanidad debería empeñarse en abandonar esas costumbres contra-natura de reprimir lo irreprimible y dejarnos ser. O bien, como diría mi hermana y sus compañeras de estudio, dejarnos “aflorar” libremente. El mundo va a ser mejor el día en que podamos ir a cagar en libertad y con alegría.
La caca nos afecta a todos.

