
Según publican todos los medios esta semana, estaría casi cerrado un acuerdo entre diputados nacionales que responden a Macri, los hermanos Rodríguez Saa, Patti, López Murphy y De Narváez -muchos de los cuales, a su vez, pueden ser agrupados en la categoría de “(ex)duhaldistas”- para formar un gran interbloque en la Cámara Baja, lo cual les permitiría constituirse como la primer minoría del recinto. Por supuesto, más allá de las coincidencias ideológicas, que las hay, lo que mueve a estos actores a conglomerarse es la posibilidad de acceder a los cargos y puestos de trabajo que se le conceden a la segunda fuerza política, que van desde la vicepresidencia del cuerpo (y todos los asesores y administrativos que eso implica) hasta un asiento en el Consejo de la Magistratura.
Ahora bien, hasta hace muy poco nadie daba cuenta de este proyecto. ¿Qué fue lo que sucedió para que surgiera esta posibilidad? Nuestra hipótesis es que el factor que determinó la decisión de estos sectores por aunarse es la descomposición de las fuerzas que deberían haber accedido a esa posición según los resultados de las elecciones pasadas (y de las anteriores): la UCR o la Coalición Cívica.
En el caso de esta última, es sabida la situación: ocho legisladores –incluidos algunos que acaban de acceder a su banca en octubre- han decidido apartarse de la CC por disidencias supuestamente ideológicas, especialmente con su líder, Elisa Carrió. No nos detendremos a hablar al respecto, pero la cosa es que la decisión de estos diputados de no integrar el interbloque de la CC le privó a esta última de la posibilidad de constituirse como la primer minoría.
La situación de la UCR es diferente: hubo facciones del radicalismo que apoyaron la candidatura presidencial de Carrió (Stolbizer y cia.), de Kirchner (Cobos y cia.) y de Lavagna; esta última opción fue la que sancionó la estructura orgánica del partido. Pero en este caso se da una particularidad: las autoridades oficiales del radicalismo han instalado una cruzada contra los inorgánicos, que empezó con intervenciones a los distritos díscolos y sigue con intentos de expulsión de sus miembros (más precisamente, contra quienes fueron con Kirchner; hacia la gente de Stolbizer hay otro trato). Lo mismo sucedió hacia dentro del Partido Socialista: la conducción nacional, encabezada por el Senador Rubén Giustiniani, apoyó la candidatura de Carrió y está promoviendo la intervención de los distritos y la expulsión de quienes acompañaron la opción oficialista.
¿Qué se desprende de lo dicho hasta aquí? Desde mi humilde perspectiva, me parece que las decisiones tomadas por las cúpulas dirigentes de los espacios citados están llevando a la pérdida de espacios, de poder, de representación y, en definitiva, pone a sus propias expresiones en riesgo de desaparición.
En el caso de la CC, si bien los que se fueron son los ocho diputados díscolos, lo cierto –a mi entender- es que Carrió no ha querido ni sabido contener a estos actores. Por supuesto que se puede alegar la mezquindad de Macaluse y demás, pero me parece que Carrió no puso ni el más mínimo empeño en conceder “incentivos selectivos” a este grupo que la acompaña desde hace ya varios años, que fueron –y son aun- líderes de la estructura partidaria que ella misma creó y a quienes les impuso de manera absolutamente inconsulta un jefe de bloque, candidatos presidenciales, vínculos políticos, etcétera. La CC debería haber sido la segunda fuerza y, a mi gusto, no hubiese estado mal. Más allá de las críticas que pueda tener, mil veces prefiero a un miembro de la CC en el Consejo de la Magistratura que a Juanjo Álvarez o alguna otra joyita duhaldista.
Y lo de la UCR me parece peor aun. Es necesario remarcar un hecho, para nada menor: los radicales que acompañaron a Kirchner en la última elección son, vaya casualidad, casi todos los gobernadores que tiene el radicalismo. Muy bien, Morales controla el aparato partidario. Fantástico, alta herramienta política. ¿Qué le queda a Morales si se le van los gobernadores? Un sello, una bonita cáscara... ah, y la interna, su deporte preferido, su razón de existir, como diría mi amigo Tarumba.
Me parece que esas decisiones van a contramano de los vientos políticos que soplan hoy en día. El sistema político está totalmente fragmentado, las antiguas estructuras entran en crisis, las identidades políticas se diluyen, los liderazgos personalista-mediáticos están en pleno auge, la gobernabilidad de los distritos locales está en gran medida supeditada a los fondos que baja el Gobierno nacional, la apatía por la cosa pública alcanza niveles grotescos.
En este contexto, me parece que lo más sano sería tratar de preservar las unidades y tolerar las diferencias. Creo que Carrió debería haber hecho todo lo posible para contener a los ocho díscolos y alcanzar la primer minoría de la Cámara. Creo que Morales debería haber permitido la libertad de acción para los distritos en que se jugaban gobernaciones. Y por eso mismo creo acertada la resolución del ARI de la provincia de Buenos Aires de no pedir sanciones contra los miembros que no han acatado la decisión de la conducción, algo que Morales y Giustiniani deberían imitar.Me parece que decisiones como las citadas vacían las estructuras partidarias, dinamitan todo intento de construcción política y, además, regala espacios de poder que podrían haber alcanzado en buena ley. Por supuesto, Mauri, Juanjo y Edu, agradecidos.
Ahora bien, hasta hace muy poco nadie daba cuenta de este proyecto. ¿Qué fue lo que sucedió para que surgiera esta posibilidad? Nuestra hipótesis es que el factor que determinó la decisión de estos sectores por aunarse es la descomposición de las fuerzas que deberían haber accedido a esa posición según los resultados de las elecciones pasadas (y de las anteriores): la UCR o la Coalición Cívica.
En el caso de esta última, es sabida la situación: ocho legisladores –incluidos algunos que acaban de acceder a su banca en octubre- han decidido apartarse de la CC por disidencias supuestamente ideológicas, especialmente con su líder, Elisa Carrió. No nos detendremos a hablar al respecto, pero la cosa es que la decisión de estos diputados de no integrar el interbloque de la CC le privó a esta última de la posibilidad de constituirse como la primer minoría.
La situación de la UCR es diferente: hubo facciones del radicalismo que apoyaron la candidatura presidencial de Carrió (Stolbizer y cia.), de Kirchner (Cobos y cia.) y de Lavagna; esta última opción fue la que sancionó la estructura orgánica del partido. Pero en este caso se da una particularidad: las autoridades oficiales del radicalismo han instalado una cruzada contra los inorgánicos, que empezó con intervenciones a los distritos díscolos y sigue con intentos de expulsión de sus miembros (más precisamente, contra quienes fueron con Kirchner; hacia la gente de Stolbizer hay otro trato). Lo mismo sucedió hacia dentro del Partido Socialista: la conducción nacional, encabezada por el Senador Rubén Giustiniani, apoyó la candidatura de Carrió y está promoviendo la intervención de los distritos y la expulsión de quienes acompañaron la opción oficialista.
¿Qué se desprende de lo dicho hasta aquí? Desde mi humilde perspectiva, me parece que las decisiones tomadas por las cúpulas dirigentes de los espacios citados están llevando a la pérdida de espacios, de poder, de representación y, en definitiva, pone a sus propias expresiones en riesgo de desaparición.
En el caso de la CC, si bien los que se fueron son los ocho diputados díscolos, lo cierto –a mi entender- es que Carrió no ha querido ni sabido contener a estos actores. Por supuesto que se puede alegar la mezquindad de Macaluse y demás, pero me parece que Carrió no puso ni el más mínimo empeño en conceder “incentivos selectivos” a este grupo que la acompaña desde hace ya varios años, que fueron –y son aun- líderes de la estructura partidaria que ella misma creó y a quienes les impuso de manera absolutamente inconsulta un jefe de bloque, candidatos presidenciales, vínculos políticos, etcétera. La CC debería haber sido la segunda fuerza y, a mi gusto, no hubiese estado mal. Más allá de las críticas que pueda tener, mil veces prefiero a un miembro de la CC en el Consejo de la Magistratura que a Juanjo Álvarez o alguna otra joyita duhaldista.
Y lo de la UCR me parece peor aun. Es necesario remarcar un hecho, para nada menor: los radicales que acompañaron a Kirchner en la última elección son, vaya casualidad, casi todos los gobernadores que tiene el radicalismo. Muy bien, Morales controla el aparato partidario. Fantástico, alta herramienta política. ¿Qué le queda a Morales si se le van los gobernadores? Un sello, una bonita cáscara... ah, y la interna, su deporte preferido, su razón de existir, como diría mi amigo Tarumba.
Me parece que esas decisiones van a contramano de los vientos políticos que soplan hoy en día. El sistema político está totalmente fragmentado, las antiguas estructuras entran en crisis, las identidades políticas se diluyen, los liderazgos personalista-mediáticos están en pleno auge, la gobernabilidad de los distritos locales está en gran medida supeditada a los fondos que baja el Gobierno nacional, la apatía por la cosa pública alcanza niveles grotescos.
En este contexto, me parece que lo más sano sería tratar de preservar las unidades y tolerar las diferencias. Creo que Carrió debería haber hecho todo lo posible para contener a los ocho díscolos y alcanzar la primer minoría de la Cámara. Creo que Morales debería haber permitido la libertad de acción para los distritos en que se jugaban gobernaciones. Y por eso mismo creo acertada la resolución del ARI de la provincia de Buenos Aires de no pedir sanciones contra los miembros que no han acatado la decisión de la conducción, algo que Morales y Giustiniani deberían imitar.Me parece que decisiones como las citadas vacían las estructuras partidarias, dinamitan todo intento de construcción política y, además, regala espacios de poder que podrían haber alcanzado en buena ley. Por supuesto, Mauri, Juanjo y Edu, agradecidos.










