
Un gran amigo y compañero rescató una bonita frase de un teórico que hemos leído y trabajado juntos, lo cual me dio la posibilidad de utilizar y citar dicha frase hasta ubicarla en un posible top-ten de las quotes más usadas. La frase en cuestión es: “toda decisión es un salto al vacío”.
No vienen al caso las implicancias teórico-filosóficas de la afirmación ni tampoco sus orígenes. Sólo la tomaremos en su sentido más literal y cotidiano. Una decisión es un salto al vacío. En otras palabras, es un acto de arrojo, de valentía. Y por sobre todo: de resultado incierto. No sólo porque nunca podemos tener certeza de que estamos tomando la decisión correcta, en función de que somos absolutamente incapaces de ponderar la infinitud de decisiones posibles, sino también porque no nos es dable prever la totalidad de las consecuencias de nuestra decisión.
Tener esto en cuenta es bueno, por dos razones. En primer lugar, para saber que nunca hay un momento “perfecto” para tomar una decisión; tal perfección no existe. Hay que tomarla y punto, asumiendo el riesgo. Hace falta valor. Y en segundo lugar, para que si el tiempo nos demuestra que una decisión fue incorrecta, no caigamos en un pozo depresivo irreversible: toda decisión lleva la marca indeleble de un fracaso potencial, así como –dulce consuelo- la posibilidad de andar nuevos caminos.
El motivo de este largo preludio es obvio: darme ánimo. ¿Por qué decir todo esto si no me encontrara al borde del precipicio, a punto de tomar esa decisión que me lleve al vacío, al destino incierto, a la posibilidad de la colisión violenta? En fin: ánimo. Me decido. Salto.
Voy a apoyar el gobierno de Cristina.
No es un caso de SOC (Síndrome Oficialista Circunstancial). No es un impulso emocional, tampoco un acto de desesperación esperanzado.
Pero ojo, tampoco es un acto de fe. Ni siquiera un acuerdo cerrado, ni un reconocimiento pleno, ni una promesa de amor eterno. Menos todavía, un voto de confianza ideológico.
Pero tampoco –nunca- una claudicación.
No creo que el actual gobierno esté libre de pecados, de corruptos, de ladrones, de hijos de puta. No pienso que vaya a terminar de una vez y para siempre con las injusticias, con el hambre, con la desigualdad. No espero que vaya a construir una sociedad socialista como la que imagino.
Pero tampoco creo que alguna de las otras fuerzas políticas que actualmente compiten por el poder político estén libres de semejantes pecados. Tampoco creo que las expresiones marginales, que corren al gobierno por izquierda y que ya ni siquiera se proponen pelear por el poder, puedan estar libres de alguno de esos pecados. Y si lo están, creo que en cambios están preñados de una inmadurez política inconducente, destructiva, obtusa, caricaturesca. Rocanrolnnnnnn.
Ya no creo que un cambio total pueda ser instalado de un día para el otro. Menos que menos en la Argentina actual. Y ya no creo que sea todo lo mismo. Ya no quiero ser maniqueo, ni simplista, ni necio.
Hace un tiempo un amigo (con quien tengo más de una diferencia irreconciliable) me dijo: “tu pragmatismo me ilusiona”. El comentario fue en chiste, porque nació más bien como chicana, en épocas en las que yo todavía era bastante más pelotudo de lo que soy hoy (sí, todavía más cerrado, necio y pelotudo, créanme). En el momento lo tomé como un chiste y nada más. Hoy me reconozco más pragmático, y por momentos también me ilusiono un poco. No porque me haya olvidado de mis ideas, sino porque siento que he ganado en análisis, en perspectiva de construcción, casi casi, en futuro. Bien lo dijo María Elena Walsh: “no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo”.
Creo que todas las fuerzas de la oposición (todas las que en las últimas elecciones tuvieron una mínima visibilidad) se ubican claramente a la derecha del gobierno. Y creo que la oposición de izquierda no sólo se ha caído del mapa, sino que ya ni ganas me dan de votarlas, porque no les creo y, además, porque no podrían construir ni una pelota con plastilina.
Sé perfectamente que hay gente dentro del gobierno impresentable. Y sé que hay gente peor que impresentable. Igual que en las otras fuerzas. Pero me parece que hoy, dentro de ese enorme e infinitamente heterogéneo conjunto que representa la coalición gobernante, se abren muchos espacios para que participe gente que no sólo es más que potable, sino que son referentes históricos (políticos, intelectuales, culturales) del espacio en el que me reconozco. Veo que algunas áreas del gobierno empiezan a ser ocupadas por gente que hace cosas muy valiosas, cosas que antes hacían fuera de las estructuras de poder (en organizaciones civiles, universidades, etc). Veo que siguen muchos de los Barones del Conurbano, pero también compruebo que han caído varios (y sé de muy buena fuente, además, que esa era una promesa que se había hecho hace ya más de un año).
Veo las matoneadas de Moreno. Pero también veo que se apretó a las privatizadas, a las petroleras, a los hipermercados (grandes formadores de precios si los hay). Veo cómo se avanza sobre los intereses de algunas de las corporaciones que saquean sistemáticamente este país desde hace dos siglos, como la iglesia, el ejército y los rurales, mientras que el resto de la oposición (sí, especialmente vos, Lilita, que alguna vez fuiste quien me motivó a militar) se desgañita por recuperar el honor de los militares y bajar las retenciones.
Y finalmente veo que cada vez se mira más hacia América Latina, veo que se estrechan cada vez más los lazos con gobiernos que uno respeta y defiende (sí, especialmente los de Venezuela, Bolivia y Ecuador) y que se hacen cosas concretas y valiosas, como el Banco del Sur.
¿Que la lista de cosas malas es más larga y más fea? Ya sé. Lo tengo tan claro como el hecho de que esto no es el final, sino apenas un punto de partida. Y quizá ni sea eso. En ese caso, deberé reconocer que me equivoqué y volver a explorar nuevos caminos, para llegar al mismo lugar. Pero bueno, hoy lo veo así. Así que me decido.
Ya se verá qué me depara el vacío.
No vienen al caso las implicancias teórico-filosóficas de la afirmación ni tampoco sus orígenes. Sólo la tomaremos en su sentido más literal y cotidiano. Una decisión es un salto al vacío. En otras palabras, es un acto de arrojo, de valentía. Y por sobre todo: de resultado incierto. No sólo porque nunca podemos tener certeza de que estamos tomando la decisión correcta, en función de que somos absolutamente incapaces de ponderar la infinitud de decisiones posibles, sino también porque no nos es dable prever la totalidad de las consecuencias de nuestra decisión.
Tener esto en cuenta es bueno, por dos razones. En primer lugar, para saber que nunca hay un momento “perfecto” para tomar una decisión; tal perfección no existe. Hay que tomarla y punto, asumiendo el riesgo. Hace falta valor. Y en segundo lugar, para que si el tiempo nos demuestra que una decisión fue incorrecta, no caigamos en un pozo depresivo irreversible: toda decisión lleva la marca indeleble de un fracaso potencial, así como –dulce consuelo- la posibilidad de andar nuevos caminos.
El motivo de este largo preludio es obvio: darme ánimo. ¿Por qué decir todo esto si no me encontrara al borde del precipicio, a punto de tomar esa decisión que me lleve al vacío, al destino incierto, a la posibilidad de la colisión violenta? En fin: ánimo. Me decido. Salto.
Voy a apoyar el gobierno de Cristina.
No es un caso de SOC (Síndrome Oficialista Circunstancial). No es un impulso emocional, tampoco un acto de desesperación esperanzado.
Pero ojo, tampoco es un acto de fe. Ni siquiera un acuerdo cerrado, ni un reconocimiento pleno, ni una promesa de amor eterno. Menos todavía, un voto de confianza ideológico.
Pero tampoco –nunca- una claudicación.
No creo que el actual gobierno esté libre de pecados, de corruptos, de ladrones, de hijos de puta. No pienso que vaya a terminar de una vez y para siempre con las injusticias, con el hambre, con la desigualdad. No espero que vaya a construir una sociedad socialista como la que imagino.
Pero tampoco creo que alguna de las otras fuerzas políticas que actualmente compiten por el poder político estén libres de semejantes pecados. Tampoco creo que las expresiones marginales, que corren al gobierno por izquierda y que ya ni siquiera se proponen pelear por el poder, puedan estar libres de alguno de esos pecados. Y si lo están, creo que en cambios están preñados de una inmadurez política inconducente, destructiva, obtusa, caricaturesca. Rocanrolnnnnnn.
Ya no creo que un cambio total pueda ser instalado de un día para el otro. Menos que menos en la Argentina actual. Y ya no creo que sea todo lo mismo. Ya no quiero ser maniqueo, ni simplista, ni necio.
Hace un tiempo un amigo (con quien tengo más de una diferencia irreconciliable) me dijo: “tu pragmatismo me ilusiona”. El comentario fue en chiste, porque nació más bien como chicana, en épocas en las que yo todavía era bastante más pelotudo de lo que soy hoy (sí, todavía más cerrado, necio y pelotudo, créanme). En el momento lo tomé como un chiste y nada más. Hoy me reconozco más pragmático, y por momentos también me ilusiono un poco. No porque me haya olvidado de mis ideas, sino porque siento que he ganado en análisis, en perspectiva de construcción, casi casi, en futuro. Bien lo dijo María Elena Walsh: “no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo”.
Creo que todas las fuerzas de la oposición (todas las que en las últimas elecciones tuvieron una mínima visibilidad) se ubican claramente a la derecha del gobierno. Y creo que la oposición de izquierda no sólo se ha caído del mapa, sino que ya ni ganas me dan de votarlas, porque no les creo y, además, porque no podrían construir ni una pelota con plastilina.
Sé perfectamente que hay gente dentro del gobierno impresentable. Y sé que hay gente peor que impresentable. Igual que en las otras fuerzas. Pero me parece que hoy, dentro de ese enorme e infinitamente heterogéneo conjunto que representa la coalición gobernante, se abren muchos espacios para que participe gente que no sólo es más que potable, sino que son referentes históricos (políticos, intelectuales, culturales) del espacio en el que me reconozco. Veo que algunas áreas del gobierno empiezan a ser ocupadas por gente que hace cosas muy valiosas, cosas que antes hacían fuera de las estructuras de poder (en organizaciones civiles, universidades, etc). Veo que siguen muchos de los Barones del Conurbano, pero también compruebo que han caído varios (y sé de muy buena fuente, además, que esa era una promesa que se había hecho hace ya más de un año).
Veo las matoneadas de Moreno. Pero también veo que se apretó a las privatizadas, a las petroleras, a los hipermercados (grandes formadores de precios si los hay). Veo cómo se avanza sobre los intereses de algunas de las corporaciones que saquean sistemáticamente este país desde hace dos siglos, como la iglesia, el ejército y los rurales, mientras que el resto de la oposición (sí, especialmente vos, Lilita, que alguna vez fuiste quien me motivó a militar) se desgañita por recuperar el honor de los militares y bajar las retenciones.
Y finalmente veo que cada vez se mira más hacia América Latina, veo que se estrechan cada vez más los lazos con gobiernos que uno respeta y defiende (sí, especialmente los de Venezuela, Bolivia y Ecuador) y que se hacen cosas concretas y valiosas, como el Banco del Sur.
¿Que la lista de cosas malas es más larga y más fea? Ya sé. Lo tengo tan claro como el hecho de que esto no es el final, sino apenas un punto de partida. Y quizá ni sea eso. En ese caso, deberé reconocer que me equivoqué y volver a explorar nuevos caminos, para llegar al mismo lugar. Pero bueno, hoy lo veo así. Así que me decido.
Ya se verá qué me depara el vacío.


