
Esta semana tuve que hacer, por cuarta vez en menos de un año y medio, un examen médico pre-ocupacional. Esta experiencia, que puede ser desconocida para quienes suelen nadar lejos de las aguas de la economía formal, es como mínimo tortuosa.
Te dicen que tenés que ir en ayunas e incluso, en algunos casos, sin haber orinado, ya que prefieren que la muestra de primer orín (qué palabra fea…) de la mañana la des ahí mismo. Algunos, más piadosos, te dejan ir con el frasquito lleno desde tu casa.
La cosa es que uno llega, digamos, tipo 8 am al lugar indicado, en ayunas, con sueño y con la idea de hacer el trámite rápido para poder –morfar, y luego- ir a laburar.
Así es cuando llega el primer desengaño. Porque el tipo de establecimiento que se dedica a realizar estos exámenes no suele trabajar para una sola empresa u organismo, sino que tiene una numerosa cartera de clientes que, día a día, le envían un montón de nuevos trabajadores para que cumplan con lo prescrito por la legislación laboral. De manera que cuando uno llega en las condiciones ya descritas, se encuentra con una sala de espera chiquita que rebalsa de gente que tiene en una de sus manos un numerito y, en la otra, un frasco de meo.
Desde ya, es altamente aconsejable para estos casos llevar un diario –largo, tipo Perfil- o algún otro material de lectura, porque la demora en empezar el trámite nunca baja de las dos horas. En serio: NUNCA baja de las dos horas. Y hay que decir que las condiciones de espera no son las mejores, sobre todo por el ayuno: a mi, por lo menos, se me empieza a secar la boca, me da una sensación de vacío en el pecho y unos impulsos violentos de tomar por asalto una panadería.
Pero bueno, más tarde o más temprano, una voz –que ya a esa altura te resulta totalmente familiar- grita tu nombre. Y ahí viene la segunda parte de la cuestión, que es diametralmente opuesta a la anterior: lejos de la estática espera, una vez que te llaman empieza un rally desbocado y vertiginoso, en el cual vas rebotando de consultorio en consultorio, respondiendo preguntas y sometiéndote a exámenes de rutina a una velocidad envidiada por cualquier trabajador de un local de fast food.
Es que el examen pre-ocupacional es como un McDonald’s de la salud: todo rígidamente estandarizado, regido por el criterio de despachar la mayor cantidad de aptos en el menor tiempo posible, en la despersonalización más absoluta y descarnada. Dos letritas por cada ojo bastan para diagnosticar la situación oftalmológica; estetoscopio y llenar un formulario, el análisis clínico; un minuto y tres sonidos tenues son lo que toma descartar insuficiencias auditivas. Por supuesto, en alguna de estas instancias podés toparte con algún profesional que le pone onda y buen humor, pero en general, el clima que reina no es distinto al que debe existir en una cadena de montaje.
Personalmente, me resulta difícil entender por qué cazzo son tan tediosos este tipo de exámenes. Aun por criterios meramente comerciales, deberían proliferar estas instituciones, dada la demanda y las colas de dos horas. Ni que hablar, obviamente, del aspecto cualitativo del proceso, demasiado lejos de lo humano
Ahora bien, sería deshonesto de mi parte que no le dedicara un párrafo al único suceso fuera de lo normal de este examen.
Cuando estaba con el clínico, el tipo me pide en un momento que me baje el pantalón y me acueste boca arriba. Obediente y fiel a la letra, me bajé –sólo- el pantalón y me acosté. En ese momento, y mientras se ponía unos guantecitos de nylon, pronuncia un escueto “permiso” y me baja el calzón hasta la rodilla, luego de lo cual me presiona con énfasis la ingle y me dice “respirá bien hondo”, explicando que dicho procedimiento tenía por objeto analizar los ganglios inguinales. Después repitió el procedimiento en la otra ingle. Pero la cosa es que luego del análisis y cuando yo pensaba que ya había agotado mi cuota diaria de exposición pública, el tipo me dice gentilmente “a ver, date vuelta, por favor”. El pedido me tomó totalmente desprevenido y disparó inmediatamente la pregunta: “¿qué hago si me quiere meter el dedo en el culo?”, a lo cual siguió –con la misma celeridad- la respuesta obvia: “lo mato”, pero sabiendo que quizá la reacción no podría deshacer la violación. Me di vuelta con cautela y en actitud de franca preocupación tras lo cual el doctor procedió a lo que se conoce popularmente como “abrir el libro” y, por suerte, se limitó a una brevísima inspección ocular.
Sólo resta decir que si algún lector tiene la intención de hacer una broma sobre esto último, por favor, que trate de no caer en el chiste fácil. Creo merecer, al menos, algo de originalidad.
3 comentarios:
juaz!
convengamos una cosa: el chiste fácil, queda como demás, no?
Saludos.
pero ¿qué trabajo ibas a empezar???? Para qué tanto detalle?? Me parece que estos exámenes no son del todo legales eh. Copia del modelo ianki, qué ganas de joder dios mío. Menos mal que soy trabajadora independiente. Igualmente, hace diez años, ponele, no se usaba. Habría que pedirles exámenes a los empleadores, a ver si chupan, si tienen trastornos psicológicos, en fin. El más pequeño siempre pierde.
el ultimo trabajo que tuve en relación de dependencia fue en 2001. No había tanta gente como en tu caso porque la desocupación rondaba el 15%. Tampoco hubo procedimientos que involucrasen mis partes íntimas. Lo que sí recuerdo es que para la extracción de sangre me tocó una enfermera muy poco experimentada en el arte de la extracción sin dolor. Nunca había tenido ese problema antes, ya que mis venas son fáciles de "encontrar". Pero esta trabajadora tuvo algún tipo de problema de concentración y una vez que insertó la aguja en mi brazo, realizó movimientos oscilantes del émbolo hasta que finalmente logró la extracción. El resultado fue que el dolor me dejó a punto del desmayo, y peor aún, no pude flexionar el brazo por tres días. Una experiencia inolvidable.
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