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viernes, 8 de febrero de 2008

El progresismo y la reconstrucción del PJ


Este post llega tarde: muchísima tela se ha cortado ya sobre el asunto de la reconstrucción del PJ que está llevando adelante Néstor Kirchner y, más específicamente, su convocatoria a antiguos aliados/enemigos, empezando por Roberto Lavagna. Por eso, quisiera encarar el tema desde una perspectiva en particular, a saber, qué impacto genera (o debería generar) sobre las fuerzas progresistas o de centro-izquierda que se sumaron al armado kirchnerista.
Me resulta inevitable hacer algunas consideraciones previas (una suerte de análisis); trataré de ser breve. Y, por supuesto, aclaro: a continuación no verteré más que apreciaciones infinitamente subjetivas sin ninguna pretensión de verdad.
En primer lugar, creo que la reestrucutración del PJ es una medida de corte coyuntural, es decir, no forma parte de un plan -pergeñado en las sombras y hace tiempo- destinado a convocar a distintos actores para después fagocitarlos y subsumirlos en la estructura tradicional del PJ. Distintos gestos, como la caída de varios caciques bonaerenses, el lugar marginal que ocuparon representantes tradicionales (especialmente sindicales) en las listas de las últimas elecciones y la construcción y acumulación extra-PJ sostenida durante 4 años, parecieran señalar que hay una vocación real de construir una nueva estructura que “suprima conservando” al PJ. En este sentido, creo que el espíritu de la movida está bien representado por la supuesta frase de Cristina (nada importa aquí su veracidad): "Néstor, agarrá vos. Se nos va a meter cualquiera y después... cómo lo sacamos?".
De manera que, en cierto sentido, parecería ser una movida más bien preventiva. Pero, por supuesto, no sólo preventiva. Entonces, en segundo lugar, ¿cuál sería la coyuntura que empujó a Kirchner a buscar y encabezar la reconstrucción de PJ? Creo que la respuesta viene por el lado de que, en las últimas elecciones, se comprobó que si bien se puede gobernar combinando el gasto público con un refinado manejo mediático (léase: no creo que la movida esté destinada principalmente a ganar gobernabilidad), para ganar las elecciones todavía sigue siendo necesario el aparato del PJ. Los triunfos con más del 70% de los gobernadores de la zona norte del país, así como los de los “grandes centros urbanos” que conforman el primer y segundo cordón del conurbano, parecerían ser una muestra de ello. Y parecería claro que la toma de conciencia sobre esta materia fue previa a las elecciones, dado que la campaña de Cristina evidenció una sustancial “pejotización” durante los últimos dos o tres meses.
En definitiva, a mi parecer, se trata de una cuestión eminentemente táctico-estratégica con el objetivo de controlar la maquinara del PJ para evitar que otros lo hagan así como para poder usufructuarla y ponerla a trabajar al servicio de su propio proyecto.
Es por todo lo anterior que, siempre según mi opinión, la reestructuración del PJ no debería representar para los aliados de centro-izquierda del gobierno una preocupación ni debería, al menos por el momento, suscitar replanteos sobre el rumbo adoptado o la vigencia del proyecto de la Concertación.
En primer lugar, como dije, porque no creo que sea una jugada “ideológica”, sino estrictamente política. En ese sentido, un replanteamiento de la decisión de acompañar al gobierno por parte de sus aliados progresistas debería estar motivada en las políticas públicas concretas impulsadas y no en las personas. Si el rumbo que tuvo la gestión de Kirchner se mantiene durante la actual, en principio no habría razones fuertes para abandonar el proyecto.
En segundo término –y relacionado directamente con lo anterior-, creo que si las fuerzas progresistas que se acercaron al gobierno clamaran ahora por un “viraje ideológico” hacia la derecha en virtud la convocatoria a participar de la reestructuración del PJ a actores como Lavagna, Puerta o Romero, sería una hipocresía. Si fuese por juicios personales, ninguna fuerza que se precie de progresista podría haber integrado nunca jamás el proyecto de la Concertación. ¿Acaso Lavagna es más de derecha que Lousteau, discípulo de Fraga? ¿Qué podría decir Beder Herrera para diferenciarse de Puerta o Romero? ¿Alguien se olvida del prontuario de Aníbal o del cavallismo (con lista junto a Elena Cruz incluida) de Alberto? Si es por la posibilidad de dar una lucha desde dentro de la gestión, por llevar adelante ciertas áreas o proyectos, por empujar una construcción heterogénea hacia la izquierda, puede ser; pero si es por las personas... no jodamos.
Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí no quiere decir que sea fantástica o que nos deba caer simpática la reestructuración del PJ. Pero no representa más costos que los que ya se han asumido, o no significativamente. En cambio, sí es un límite al proceso de construcción política: aun hoy sigue siendo iluso pensar en una fuerza política con capacidad de gobierno (y de ganar elecciones) que excluya a la mayoría del PJ. Esto debe ser tenido en cuenta por los actores de centro-izquierda y es un factor sobre el que hay que prestar especial atención, por supuesto. Aunque hoy no lo sea, quizá más adelante se evidencie que este punto fue una inflexión que devolvió al gobierno kircherista a la senda de la política tradicional que gobernó este país durante las últimas décadas.
Esperemos que esta cuestión represente modificaciones sustantivas de las fronteras del PJ para adentro y no desde el gobierno hacia fuera. Quizá haya que tener en cuenta (digo, para no desesperar) que para vaciar una empresa, primero hay que comprarla. Pero si no, si resulta que se compró la empresa para eliminar a la competencia, bueno, esperemos saber darnos cuenta a tiempo. Hay que ser bien consciente de los riesgos y los costos asumidos para después tener la inteligencia y la humildad de reconocer si se erró el camino. Pero no por eso hay que dejar de caminar. Como dijo Goëte y repitió Hegel, “el que quiere algo grande debe saber limitarse”.

jueves, 29 de noviembre de 2007

De ríos revueltos, pescadores y pescados


Según publican todos los medios esta semana, estaría casi cerrado un acuerdo entre diputados nacionales que responden a Macri, los hermanos Rodríguez Saa, Patti, López Murphy y De Narváez -muchos de los cuales, a su vez, pueden ser agrupados en la categoría de “(ex)duhaldistas”- para formar un gran interbloque en la Cámara Baja, lo cual les permitiría constituirse como la primer minoría del recinto. Por supuesto, más allá de las coincidencias ideológicas, que las hay, lo que mueve a estos actores a conglomerarse es la posibilidad de acceder a los cargos y puestos de trabajo que se le conceden a la segunda fuerza política, que van desde la vicepresidencia del cuerpo (y todos los asesores y administrativos que eso implica) hasta un asiento en el Consejo de la Magistratura.
Ahora bien, hasta hace muy poco nadie daba cuenta de este proyecto. ¿Qué fue lo que sucedió para que surgiera esta posibilidad? Nuestra hipótesis es que el factor que determinó la decisión de estos sectores por aunarse es la descomposición de las fuerzas que deberían haber accedido a esa posición según los resultados de las elecciones pasadas (y de las anteriores): la UCR o la Coalición Cívica.
En el caso de esta última, es sabida la situación: ocho legisladores –incluidos algunos que acaban de acceder a su banca en octubre- han decidido apartarse de la CC por disidencias supuestamente ideológicas, especialmente con su líder, Elisa Carrió. No nos detendremos a hablar al respecto, pero la cosa es que la decisión de estos diputados de no integrar el interbloque de la CC le privó a esta última de la posibilidad de constituirse como la primer minoría.
La situación de la UCR es diferente: hubo facciones del radicalismo que apoyaron la candidatura presidencial de Carrió (Stolbizer y cia.), de Kirchner (Cobos y cia.) y de Lavagna; esta última opción fue la que sancionó la estructura orgánica del partido. Pero en este caso se da una particularidad: las autoridades oficiales del radicalismo han instalado una cruzada contra los inorgánicos, que empezó con intervenciones a los distritos díscolos y sigue con intentos de expulsión de sus miembros (más precisamente, contra quienes fueron con Kirchner; hacia la gente de Stolbizer hay otro trato). Lo mismo sucedió hacia dentro del Partido Socialista: la conducción nacional, encabezada por el Senador Rubén Giustiniani, apoyó la candidatura de Carrió y está promoviendo la intervención de los distritos y la expulsión de quienes acompañaron la opción oficialista.
¿Qué se desprende de lo dicho hasta aquí? Desde mi humilde perspectiva, me parece que las decisiones tomadas por las cúpulas dirigentes de los espacios citados están llevando a la pérdida de espacios, de poder, de representación y, en definitiva, pone a sus propias expresiones en riesgo de desaparición.
En el caso de la CC, si bien los que se fueron son los ocho diputados díscolos, lo cierto –a mi entender- es que Carrió no ha querido ni sabido contener a estos actores. Por supuesto que se puede alegar la mezquindad de Macaluse y demás, pero me parece que Carrió no puso ni el más mínimo empeño en conceder “incentivos selectivos” a este grupo que la acompaña desde hace ya varios años, que fueron –y son aun- líderes de la estructura partidaria que ella misma creó y a quienes les impuso de manera absolutamente inconsulta un jefe de bloque, candidatos presidenciales, vínculos políticos, etcétera. La CC debería haber sido la segunda fuerza y, a mi gusto, no hubiese estado mal. Más allá de las críticas que pueda tener, mil veces prefiero a un miembro de la CC en el Consejo de la Magistratura que a Juanjo Álvarez o alguna otra joyita duhaldista.
Y lo de la UCR me parece peor aun. Es necesario remarcar un hecho, para nada menor: los radicales que acompañaron a Kirchner en la última elección son, vaya casualidad, casi todos los gobernadores que tiene el radicalismo. Muy bien, Morales controla el aparato partidario. Fantástico, alta herramienta política. ¿Qué le queda a Morales si se le van los gobernadores? Un sello, una bonita cáscara... ah, y la interna, su deporte preferido, su razón de existir, como diría mi amigo Tarumba.
Me parece que esas decisiones van a contramano de los vientos políticos que soplan hoy en día. El sistema político está totalmente fragmentado, las antiguas estructuras entran en crisis, las identidades políticas se diluyen, los liderazgos personalista-mediáticos están en pleno auge, la gobernabilidad de los distritos locales está en gran medida supeditada a los fondos que baja el Gobierno nacional, la apatía por la cosa pública alcanza niveles grotescos.
En este contexto, me parece que lo más sano sería tratar de preservar las unidades y tolerar las diferencias. Creo que Carrió debería haber hecho todo lo posible para contener a los ocho díscolos y alcanzar la primer minoría de la Cámara. Creo que Morales debería haber permitido la libertad de acción para los distritos en que se jugaban gobernaciones. Y por eso mismo creo acertada la resolución del ARI de la provincia de Buenos Aires de no pedir sanciones contra los miembros que no han acatado la decisión de la conducción, algo que Morales y Giustiniani deberían imitar.Me parece que decisiones como las citadas vacían las estructuras partidarias, dinamitan todo intento de construcción política y, además, regala espacios de poder que podrían haber alcanzado en buena ley. Por supuesto, Mauri, Juanjo y Edu, agradecidos.

martes, 20 de noviembre de 2007

El liderazgo de Carrió o Los que no fueron a Siberia


“Muy cruel. Muy cruel”, comentó mi estimado amigo A. al post anterior, de tono intencionalmente socarrón.
En el día de ayer se formalizó la ruptura de la Coalición Cívica liderada por Elisa Carrió. Un grupo de ocho diputados, encabezados por Eduardo Macaluse –actual presidente del bloque de diputados nacionales del ARI-, manifestaron su oposición al rumbo ideológico adoptado por la CC, que según ellos habría virado hacia la derecha en el último tiempo; muestra de ello sería no sólo la incorporación o el diálogo con figuras como Patricia Bullrich o Ricardo López Murphy, sino también la creación del Grupo de Acción Política para la defensa de los intereses de sectores ligados al agro.
No pretendo juzgar aquí la decisión del grupo rebelde, que se dice defensor de Carrió pero también de las ideas originales del ARI (¿“carriotismo sin Carrió”?). Diré solamente que parece interesante el argumento de los defensores de Lilita cuando acusan a los díscolos de hablar recién ahora pero no mientras integraron las listas de la CC, que les permitió renovar o acceder a sus bancas. En fin, no es lo que ahora nos importa.
La cuestión que quisiera tratar aquí es si hubo o no, del lado de la conducción de la CC, motivos como para dar lugar a una ruptura. Mi opinión es que definitivamente sí los hubo.
Dejaré de lado la cuestión ideológica, aunque –obviamente- comparto con Macaluse y Cia. que el discurso de Carrió viró hacia la derecha. Pero me parece que desde el propio armado político de la chaqueña hay situaciones que promueven (y promoverán) el cisma.
Por más que se queje de las prácticas de la vieja política y se desgañite en pos de la refundación moral de la República, al momento de trabajar en armados políticos Carrió es definitivamente autoritaria. La “dedocracia” imperó en el ARI y ahora en la CC, igual –o peor- que en otros partidos, y su política de alianzas es agresiva y excluyente (muchas veces el Partido Socialista ha intentado formar una alianza con el ARI, pero su respuesta siempre fue que aceptaban de muy buen grado que se acompañaran sus candidaturas, pero que no se negociaba ningún lugar en las listas).
Ahora bien, cuando esas prácticas se trasladan del ARI a la CC y Carrió incorpora nuevos dirigentes extrapartidarios que coloca a su lado, es lógico esperar turbulencias.
Es imprescindible decir aquí que todo esto se ve exacerbado por el carácter teológico-mesiánico del liderazgo de Carrió. En primer lugar hay que mencionar cómo se da la formación de la Coalición Cívica: Carrió, fundadora del partido ARI, renuncia a tal fuerza para poder construir esa gran coalición cuyo cemento de contacto es la moral republicana. Es decir, renuncia al ARI porque para comandar el proyecto de la CC necesita estar por arriba de todo particularismo, más allá de los partidos, trascendiendo las diferencias. Por encima del resto, como una madre por sobre sus hijos. O como un pastor por sobre sus ovejas. O como Dios por sobre sus fieles.
Y entonces, como Jesús, recluta a sus discípulos, que serán su círculo íntimo, las personas de mayor confianza y a quienes, en consecuencia, buscará ubicar en los lugares más visibles del armado político (porque no nos olvidemos que todo esto se trata de política, de lucha por el poder). Pero al momento de convocar deja de lado su antigua filiación partidaria y se rodea de nuevos actores que, además, profesan ideologías que eran consideradas extrañas hasta hace no muy poco.
Y entonces volvemos a la dedocracia. Del Sel y Prat Gay, presidenciables; Adrián Pérez, presidente del bloque de diputados; Bullrich (Bullrich...) cabeza de la estructura (si es dable hablar de estructura) de la CC. Todo de la manera más incosulta (claro, fue el mismo procedimiento el que incluyó a Macaluse en la lista de diputados, pero eso es otra discusión).
En definitiva, el método de construcción y acumulación política de Carrió pareciera destinado a conducir a sucesivas rupturas como la que acaba de ocurrir. El Contrato Moral bien puede ser un fantástico “incentivo colectivo”, pero también es necesario distribuir “incentivos selectivos”; en esto Carrió suele ser inequitativa. El manejo discrecional del rumbo político de su fuerza y su liderazgo mesiánico, me parece, van a atentar contra todo intento de armar e institucionalizar una fuerza política que le permita disputar el poder real del país a largo plazo.Así que, Agus, quizá haya sido cruel el post. Pero no por ello menos justificado, siempre desde mi humilde perspectiva.


pd: Dejo aquí el link a una breve nota de opinión sobre el tema de Jorge Mayer, Director de la Carrera de Ciencia Política de la UBA, cuyo análisis comparto.