
Ayer me tomé el tren en Retiro con rumbo a la estación Belgrano. Eran cerca de las 14, estaba fresco pero bastante lindo y la travesía me trajo muchos recuerdos de los dos meses que viví en Vicente López a mediados de este año, época en la cual dicho ramal era parte de mi vida cotidiana. Así que estaba de buen humor.
No había pasado mucho rato desde que empezó el viaje cuando un vendedor ambulante ciego se paró en el medio del vagón a ofrecer un producto. Su speach comenzó así: “Bueno muy bien, damas y caballeros, vean qué bonito este artículo...”. En el acto caí en la cuenta de que el señor no-vidente nos llamaba a “ver” lo “bonito” que era su producto, justo dos cosas que él no podía hacer. “Un caníbal desdentado enseñando a masticar”, dirían Los Redondos.
Me pareció una escena digna de un sano y fino humor negro. Es más, no sé si no hubo algo de intencionalidad de su parte. La cosa es que me pareció bastante gracioso y pensé en hacer un post al respecto, pero después razoné que a mucha gente no le cae muy bien el humor negro y que ya bastantes problemas me trae mi pedantería involuntaria y mi verborragia imprudente como para seguir echando leña al fuego.
Sin embargo me quedé pensando en la cuestión de los vendedores ambulantes y, ahí solito, empecé a repasar anécdotas sobre vendedores ambulantes, como el tipo ese que arranca siempre diciendo “Buenos días damas y caballeros, o por qué no, clientes”. Para quienes no me conozcan, cuento que el tren formó parte de mi vida casi cotidiana desde que tengo unos 8 o 9 años y que, entre los 15 y los 22, directamente fue un amigo, un padre, una biblioteca y una extremidad inferior, alcanzando niveles de simbiosis que por momentos –muchos- rozaron lo insalubre. Toda la carrera universitaria la hice viviendo en Castelar, estudiando en Caballilto y trabajando en Merlo (el mapa del principio es para que se ubiquen), así que durante todos esos años pasé algo así como 3 horas por día en el tren. Así que me tomo el atrevimiento de decir que conozco a todos los vendedores ambulantes del Sarmiento y, por ende, tenía una cantidad importante de historias para recordar.
Pero entonces, ahí mismo, me acordé de que hace unos 15 días vi algo que no había visto nunca antes.
Estábamos yendo con Flor para mi casa materna y sube un vendedor a ofrecer una linterna. Era una linterna chiquita, de mano, común y corriente, pero el tipo la presentó como si fuera el Faro de Alejandría. Al principio no despertó mucho interés, hasta que alguien compró una y disparó el “efecto contagio”. Es sabido que en esta actividad es fundamental que haya una o dos personas que compren el producto, ya que eso motiva a otros a comprar. Eso es lo que explica el aparentemente ridículo comportamiento que tiene todo vendedor ambulante que se precie de tal, consistente en –apenas terminado el discurso inaugural de la venta- levantar el brazo, mirar hacia el fondo del vagón, extender el dedo incide en dirección al cielo y decir como si le estuviera hablando a alguien: “Sí, cómo no, ya le doy”, “un segundo y ya estoy con usted”, “Sí, claro, cómo no” o algo por el estilo.
Cuestión es que gracias al citado efecto, una segunda y luego una tercer persona solicita la tan elogiada linterna. Pero este último con una particularidad: le pide la linterna en color rojo (había varios colores). El vendedor busca una roja y se la entrega. Entonces la persona del asiento de atrás también pide la linterna, pero en color azul, y pasa lo que no podía pasar: la última azul se la había vendido al segundo tipo que compró.
Permítanme recalcar la situación: el tipo vendía una linterna, un producto que sólo sirve cuando no hay luz, es decir... cuando no se ven los colores!!!
La cosa es que cuando el cliente pide azul y el vendedor constata que ya no tiene, le propone darle alguna que no sea azul, a lo cual el potencial comprador se niega. Ya para esa altura la cara del tipo claramente mostraba una mezcla de sorpresa, con indignación, y con ganas de preguntarle para qué mierda la quería en azul.
Pero bueno, como el cliente siempre tiene la razón, fue al tipo al que tenía la linterna azul para pedirle por favor que se la cambiara. Obviamente, el vendedor –y yo, y flor, y todos los que seguíamos la escena- supuso que no podía haber otra persona en el mundo interesada en el color de una linterna comprada en el tren. Sin embargo, como dice la mamá de Forrest, “la vida es una caja de bombones, nunca sabes el que te va a tocar”. Y cuando el vendedor en cuestión le fue a pedir al poseedor de tan preciado bien si se la podía cambiar, éste le dijo que NO, que quería la azul!!!
El vendedor no podía dar crédito de lo que estaba pasando y ya estaba empezando a sentir una urticaria nerviosa, como el amigo de Ben Stiller en Loco por Mary. Así que, al borde de un ataque de nervios, les empezó a pedir a ambos por favor (y, de paso, explicándoles que la linterna funcionaba igual a pesar de la diferencia cromática) que cedieran en su innegable derecho de exigir un color determinado. “Sabés qué pasa? Es que no me quiero perder la venta”, decía mientras miraba al resto de los pasajeros buscando comprensión y tratando de desahogar las ganas que tenía de aplicarle un cachetazo en la nuca al encaprichado comprador.
Finalmente, el tipo que originalmente tenía la azul aceptó cambiar, pero con una cara de culo que le duró más de 4 estaciones. Y el vendedor se secó el sudor, con la misma expresión que tendría un director técnico cuando su equipo se acaba de salvar del descenso por un gol en el último segundo.Como diría el Bambino, una cossssa de locosss.
No había pasado mucho rato desde que empezó el viaje cuando un vendedor ambulante ciego se paró en el medio del vagón a ofrecer un producto. Su speach comenzó así: “Bueno muy bien, damas y caballeros, vean qué bonito este artículo...”. En el acto caí en la cuenta de que el señor no-vidente nos llamaba a “ver” lo “bonito” que era su producto, justo dos cosas que él no podía hacer. “Un caníbal desdentado enseñando a masticar”, dirían Los Redondos.
Me pareció una escena digna de un sano y fino humor negro. Es más, no sé si no hubo algo de intencionalidad de su parte. La cosa es que me pareció bastante gracioso y pensé en hacer un post al respecto, pero después razoné que a mucha gente no le cae muy bien el humor negro y que ya bastantes problemas me trae mi pedantería involuntaria y mi verborragia imprudente como para seguir echando leña al fuego.
Sin embargo me quedé pensando en la cuestión de los vendedores ambulantes y, ahí solito, empecé a repasar anécdotas sobre vendedores ambulantes, como el tipo ese que arranca siempre diciendo “Buenos días damas y caballeros, o por qué no, clientes”. Para quienes no me conozcan, cuento que el tren formó parte de mi vida casi cotidiana desde que tengo unos 8 o 9 años y que, entre los 15 y los 22, directamente fue un amigo, un padre, una biblioteca y una extremidad inferior, alcanzando niveles de simbiosis que por momentos –muchos- rozaron lo insalubre. Toda la carrera universitaria la hice viviendo en Castelar, estudiando en Caballilto y trabajando en Merlo (el mapa del principio es para que se ubiquen), así que durante todos esos años pasé algo así como 3 horas por día en el tren. Así que me tomo el atrevimiento de decir que conozco a todos los vendedores ambulantes del Sarmiento y, por ende, tenía una cantidad importante de historias para recordar.
Pero entonces, ahí mismo, me acordé de que hace unos 15 días vi algo que no había visto nunca antes.
Estábamos yendo con Flor para mi casa materna y sube un vendedor a ofrecer una linterna. Era una linterna chiquita, de mano, común y corriente, pero el tipo la presentó como si fuera el Faro de Alejandría. Al principio no despertó mucho interés, hasta que alguien compró una y disparó el “efecto contagio”. Es sabido que en esta actividad es fundamental que haya una o dos personas que compren el producto, ya que eso motiva a otros a comprar. Eso es lo que explica el aparentemente ridículo comportamiento que tiene todo vendedor ambulante que se precie de tal, consistente en –apenas terminado el discurso inaugural de la venta- levantar el brazo, mirar hacia el fondo del vagón, extender el dedo incide en dirección al cielo y decir como si le estuviera hablando a alguien: “Sí, cómo no, ya le doy”, “un segundo y ya estoy con usted”, “Sí, claro, cómo no” o algo por el estilo.
Cuestión es que gracias al citado efecto, una segunda y luego una tercer persona solicita la tan elogiada linterna. Pero este último con una particularidad: le pide la linterna en color rojo (había varios colores). El vendedor busca una roja y se la entrega. Entonces la persona del asiento de atrás también pide la linterna, pero en color azul, y pasa lo que no podía pasar: la última azul se la había vendido al segundo tipo que compró.
Permítanme recalcar la situación: el tipo vendía una linterna, un producto que sólo sirve cuando no hay luz, es decir... cuando no se ven los colores!!!
La cosa es que cuando el cliente pide azul y el vendedor constata que ya no tiene, le propone darle alguna que no sea azul, a lo cual el potencial comprador se niega. Ya para esa altura la cara del tipo claramente mostraba una mezcla de sorpresa, con indignación, y con ganas de preguntarle para qué mierda la quería en azul.
Pero bueno, como el cliente siempre tiene la razón, fue al tipo al que tenía la linterna azul para pedirle por favor que se la cambiara. Obviamente, el vendedor –y yo, y flor, y todos los que seguíamos la escena- supuso que no podía haber otra persona en el mundo interesada en el color de una linterna comprada en el tren. Sin embargo, como dice la mamá de Forrest, “la vida es una caja de bombones, nunca sabes el que te va a tocar”. Y cuando el vendedor en cuestión le fue a pedir al poseedor de tan preciado bien si se la podía cambiar, éste le dijo que NO, que quería la azul!!!
El vendedor no podía dar crédito de lo que estaba pasando y ya estaba empezando a sentir una urticaria nerviosa, como el amigo de Ben Stiller en Loco por Mary. Así que, al borde de un ataque de nervios, les empezó a pedir a ambos por favor (y, de paso, explicándoles que la linterna funcionaba igual a pesar de la diferencia cromática) que cedieran en su innegable derecho de exigir un color determinado. “Sabés qué pasa? Es que no me quiero perder la venta”, decía mientras miraba al resto de los pasajeros buscando comprensión y tratando de desahogar las ganas que tenía de aplicarle un cachetazo en la nuca al encaprichado comprador.
Finalmente, el tipo que originalmente tenía la azul aceptó cambiar, pero con una cara de culo que le duró más de 4 estaciones. Y el vendedor se secó el sudor, con la misma expresión que tendría un director técnico cuando su equipo se acaba de salvar del descenso por un gol en el último segundo.Como diría el Bambino, una cossssa de locosss.
5 comentarios:
Genial el relato !!!!
Me hiciste reí, eh... ¿cuánto salía la linterna?
La solución será ofrecer desde ahora linternas de un solo color.
Me imagino que una vez abajo de "la formación" (término conocido por el usuario del ferrocarril), el vendedor debió preguntarse: Para qué mierda las fabrican de diferente color???
Abrazo!
La linterna salía 10 mangos. Supuestamente era re grosa porque además de la luz común tenía un mini (mini mini) tubito de luz alógena en el costado, pero en realidad era una linterna común y corriente.
Y sí, Mauro, yo creo que se debe haber preguntado eso, pero también creo que se debe haber cuestionado para qué mierda quiere un tipo una linterna azul y no roja. Quizá la quería colgar del arbolito de navidad, yo no lo puedo entender...
Me alegro que les haya gustado, gracias por los comentarios!!!
saludos
jajaja, hiciste un genial retrato de la escena, fue realmente una situación inóspita aunque no única. Representa fielmente el delirante capricho consumista. Besos mi amor!
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