
Ayer a la tarde fuimos con Flor a comprar un regalo de cumpleaños para su tía, la cual tiene de todo, así que nos dirigimos a Palermo en busca de alguna excentricidad. Después pasamos un rato por lo de su mamá y ya cuando comenzaba a anochecer nos dispusimos a volver a casa.
El cielo estaba cubierto de unas nubes oscuras, espesas y amenazantes. Flor propuso taxi (y yo me tenté) pero insistí con el subte: estábamos a dos cuadras de la estación, a dos paradas de la que nos corresponde, a tres cuadras de ahí. O sea: en 15 minutos estábamos en casa, lo peor que podía pasar era mojarnos un poco.
Cuando llegamos a nuestra estación, afuera caía un diluvio que hubiera hecho a Noé meter sus animales en un buquebús y disparar para Colonia. El agua bajaba por las escaleras del subte haciendo cascada y los pasajeros que descendieron se amontonaban en la puerta, temerosos de salir y enfrentarse con el temporal.
Al cabo de pocos minutos, salimos. No sabíamos cuándo iba a aflojar y además estábamos a 3 cuadras. Subimos la escalera y nos refugiamos en un toldo. El agua empezaba a llegar al nivel de la vereda, el viento volaba las pelucas, Flor me recordó –en más de una ocasión- que ella había votado por el taxi.
En uno o dos minutos, el agua empezó a subir a las veredas y vimos cómo algunas bolsas de basura eran arrastradas como hojas. Ya habíamos estado un rato bajo el toldo, mojándonos igual, esperando nada, así que decidimos caminar hasta casa bajo el diluvio. “Qué cagada, no vamos a poder ir a Blockbuster”, le dije. Y caminamos.
Antes de cruzar la calle ya estábamos empapados; el agua caía realmente con violencia.
Hicimos dos cuadras y pasamos por la plaza. En la calle estaban estacionados varios carros cargados con cartones. De la vereda de enfrente, bajo algún alero, estaban sus dueños, los cartoneros. Familias completas, mujeres, chicos, que como todos los días habían salido a caminar la ciudad revisando la basura para encontrar algo que pudieran vender después. Pensamos que para esa gente era realmente un garrón porque todo lo que habían juntado se estaba echando a perder ante sus ojos. Que una vez que amaine deberían caminar mojados, con el carro a cuestas, hasta alguna estación de tren, que los llevaría hasta algún lugar del conurbano donde, siempre mojados, deberían caminar hasta sus casas. Pensamos también que posiblemente sus calles estuvieran completamente embarradas, casi intransitables. Y que quizá también estaría lloviendo dentro de sus casas. O que no tendrían agua caliente.
Una cuadra después estábamos en casa. Entramos directo a la ducha, mientras por la ventanita del baño vimos que la lluvia seguía y que pasaba el camión de la basura. Después, un rico pollo al curry y, para terminar, una peli en la cama.
Qué suerte.
Qué injusto.
El cielo estaba cubierto de unas nubes oscuras, espesas y amenazantes. Flor propuso taxi (y yo me tenté) pero insistí con el subte: estábamos a dos cuadras de la estación, a dos paradas de la que nos corresponde, a tres cuadras de ahí. O sea: en 15 minutos estábamos en casa, lo peor que podía pasar era mojarnos un poco.
Cuando llegamos a nuestra estación, afuera caía un diluvio que hubiera hecho a Noé meter sus animales en un buquebús y disparar para Colonia. El agua bajaba por las escaleras del subte haciendo cascada y los pasajeros que descendieron se amontonaban en la puerta, temerosos de salir y enfrentarse con el temporal.
Al cabo de pocos minutos, salimos. No sabíamos cuándo iba a aflojar y además estábamos a 3 cuadras. Subimos la escalera y nos refugiamos en un toldo. El agua empezaba a llegar al nivel de la vereda, el viento volaba las pelucas, Flor me recordó –en más de una ocasión- que ella había votado por el taxi.
En uno o dos minutos, el agua empezó a subir a las veredas y vimos cómo algunas bolsas de basura eran arrastradas como hojas. Ya habíamos estado un rato bajo el toldo, mojándonos igual, esperando nada, así que decidimos caminar hasta casa bajo el diluvio. “Qué cagada, no vamos a poder ir a Blockbuster”, le dije. Y caminamos.
Antes de cruzar la calle ya estábamos empapados; el agua caía realmente con violencia.
Hicimos dos cuadras y pasamos por la plaza. En la calle estaban estacionados varios carros cargados con cartones. De la vereda de enfrente, bajo algún alero, estaban sus dueños, los cartoneros. Familias completas, mujeres, chicos, que como todos los días habían salido a caminar la ciudad revisando la basura para encontrar algo que pudieran vender después. Pensamos que para esa gente era realmente un garrón porque todo lo que habían juntado se estaba echando a perder ante sus ojos. Que una vez que amaine deberían caminar mojados, con el carro a cuestas, hasta alguna estación de tren, que los llevaría hasta algún lugar del conurbano donde, siempre mojados, deberían caminar hasta sus casas. Pensamos también que posiblemente sus calles estuvieran completamente embarradas, casi intransitables. Y que quizá también estaría lloviendo dentro de sus casas. O que no tendrían agua caliente.
Una cuadra después estábamos en casa. Entramos directo a la ducha, mientras por la ventanita del baño vimos que la lluvia seguía y que pasaba el camión de la basura. Después, un rico pollo al curry y, para terminar, una peli en la cama.
Qué suerte.
Qué injusto.
5 comentarios:
quien dijo que los finales sean siempre felices? igual me queda la duda, que es lo injuso, que vos tengas un techo, una ducha caliente y pollo al curry mientras ellos se mojaban en la calle sin un techo que los cobijara o que la reparticion de las riquezas sea demasido injusta?. s i lo injusto es la primera de las opciones, entonces no estoy de acuerdo con vos porque si uno se rompe el culo laburando todos los dias se merece tambien poder tener todas las comodidades que mencionaste, ahora bien, si en cambio coincidimos en la segunda opcion, ahi te doy la derecha y por supuesto que es mas que injusto, el tema esta en que haces o hacemos frente a esa realidad, plasmamos nuestra indignacion en un simple blog o tratamos de poner en marcha un plan de accion que trate de eliminar las diferencias sociales, SIN IMPORTAR CREDO O IDEOLOGIA.
cuidate maikel.
Es injusto. Pero está bueno que al menos nos demos cuenta.
hola, permiso, la justicia es medio un invento del hombre, en sí, la justicia no existe. Existe un poco de suerte, porque siempre puede ser peor, los cartoneros y nosotros bien podríamos haber nacido en Ruanda, y también hay un poco de "equilibrio", como una proporción entre esfuerzo y beneficio, y qué se yo cuántas cosas más.
en fin. eso. saludos.
M., dos opiniones, con respeto:
Que sea un invento del hombre, no significa que la justicia no exista.
Si hubieses nacido en Ruanda, no serías vos.
Coincido con Flor: que te des cuenta es un buen comienzo, Chino.
Abrazos
m. un poco duro lo tuyo.
flor... sigo sin entender, es injusto que el chino tenga un techo y que pueda comer pollo con curry o que la gente se moje por una mala reparticion de las ganancias. no te parece tambien que es un poco injusto no poder disfrutar del todo de nuestros logros porque tenemos que ver la desgracia agena creada por un gobierno nefasto y negligente que solo piensa en como juntar mas guita sin pensar en el pueblo.
de todos modos, coincido con que es injusta la desgracia agena, la cuestion esta en que hacemos notrosos frente a los problemas de los demas.darse cuenta puede ser el primer paso, lo bueno seria que no fuese el ultimo.
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