jueves, 6 de marzo de 2008

La muerte de la política o Del Pacto Inicuo


El comienzo de la historia es bastante curioso: sentados en la plaza ubicada en la esquina de Lavalle y Bouchard, esperando para entrar al Luna Park a ver a Deep Purple. Ni Martín ni yo esuchamos Deep Purple, pero me regalaron dos entradas. El recital fue muy bueno.
Mientras esperábamos, Martín me hace un comentario. Martín es un poco más chico que yo, un poco más zurdo (¿trosco?) que yo, no sé si más idealista, seguro que igual de nostálgico. Además de la amistad nos une Marx, Hegel, Borges y Los Redondos, sobre todo Los Redondos. Él va a la cancha.
Decía: Martín me hace un comentario. Me dice que un tipo que trabaja en su barrio, charlando, le cuenta que se está por mudar. Vive y vivió toda la vida en la misma zona suburbial del conurbano (creo que me dijo Ciudad Evita, pero no me acuerdo ni importa), pero se muda, porque la situación se hizo insostenible por sus pagos. El tipo le cuenta, básicamente, que los chicos se adueñaron –en el sentido más literal posible- del barrio. No hay pibe de 14 años que no esté armado. Manejan la droga, el crimen, quién entra y quién sale. Le dice que su hija, para que no le pase nada que no quiera, se tiene que juntar con la barra brava de no sé qué club de fútbol del ascenso. Siente que ya no hay seguridad, que ya no hay códigos. Y se muda.
Lo primero que pensé fue en Ciudad de Dios (gran, gran película), en la cual al final son los chicos los que se adueñan de los negocios de la favela. Después pensé en lo terrible que es estar llegando a ese extremo. Y finalmente, me puse a pensar en el extremo.
Por supuesto, no tardamos nada en razonar que esa realidad no es más que el corolario de la devastación social neoliberal en sentido amplio, es decir, como la destrucción de todos los lazos sociales, vinculares, comunitarios, de su derrota estrepitosa en manos del mercado y sus modos exclusiva y salvajemente competitivos. Nos detuvimos en la cuestión de los códigos: código supone necesariamente alguna forma societal, consensos, acuerdos, voluntades confluyendo en un punto, heterogeneidades que se reúnen por aquello que tienen en común. La pérdida de los códigos daría cuenta, justamente, de la destrucción de la sociedad como tal, de la pura acumulación de infinitas entidades no ya inconexas, sino en pura colisión. Definimos, sin pretender originalidad, que esa podía ser una definición aproximada de la marginalidad.
Y pensamos también en la relación de la marginalidad con el mercado de trabajo y su nueva fisonomía: por un lado, una cierta capa de trabajadores con altos niveles de especificación que, junto a profesionales y otras variantes, logran colarse entre los sectores medios o medios-altos que sobreviven sin perder (e incluso ganando) cierto estándar de vida. Y por el otro, sectores informalizados, totalmente excluidos de los beneficios de la economía formal, socio-económicamente inestables y, finalmente, sectores marginales, para los cuales el trabajo, la salud, la educación y el resto de los derechos básicos de cualquier persona son sumamente precarios y deficitarios o, directamente, inexistentes.
Entonces, se modifica absolutamente lo que fue el cuadro revolucionario clásico. Hay lucha de clases, los poseedores se enfrentan con los desposeídos. Pero ya no hay códigos, no hay un proyecto o un ideal detrás de la lucha, no hay política: sólo hay pura violencia, descarnada, generalizada violencia. Un chico de catorce años con un arma, matando por droga, abusando de otras niñas de la misma edad, eso es la negación por excelencia de la “violencia política”. Y una sociedad sumida en ese cuadro es, se podría afirmar, una sociedad sin política.
Llegados a ese punto, hice la última asociación, por cierto no menos devastadora que las anteriores.
En su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Rousseau trata de pensar al hombre en estado de naturaleza, retratando lo que se conoce como “buen salvaje”. Ese hombre, casi puro instinto, se corrompe con el nacimiento de la sociedad, la cual tiene su origen en la propiedad privada. Con la propiedad, surgen las desigualdades materiales y las de poder, que se van retroalimentando hasta degenerar en una guerra de ricos contra pobres. Pero llegados a ese punto, los ricos les propusieron a los pobres un “Pacto Inicuo”: fijar reglas de convivencia para poder tener un orden social más o menos equilibrado. Sin embargo, en la práctica, ese pacto significó la institucionalización del dominio de los ricos; de ahí que Rousseau afirme que los pobres “corrieron al encuentro de sus cadenas, creyendo asegurar así su libertad”. Según la teorización del ginebrino, este nuevo status institucional de la dominación sólo profundizó las diferencias y los enfrentamientos entre ricos y pobres, el orden político degeneró en tiranía para sucumbir finalmente en una anarquía absoluta y en un estado de guerra de todos contra todos tal como el descrito por Hobbes… o peor.
Es interesante señalar que ese libro termina ahí, sin ningún atisbo de solución, en un absoluto pesimismo. Mucho más adelante, Rousseau escribirá el Contrato Social, en tono absolutamente normativo, es decir, en el plano del deber ser, como la única alternativa al pacto inicuo. Destaquemos, finalmente, que la precondición sine qua non que Rousseau estableció para que se pudiera concretar un verdadero Contrato Social fue una distribución lo suficientemente equitativa como para que no hubiese nadie tan rico como para comprar a otro, ni nadie tan pobre como para venderse.
Hoy, a más de doscientos años de escrito todo esto, la propuesta del Contrato Social no sólo se evidencia impracticable, sino reprobable en muchos puntos. Sin embargo, los trazos con los que se contornearon los momentos previos y posteriores al pacto inicuo, parecen tener plena vigencia. Si el orden político moderno fue ese momento en el cual nos esclavizamos creyendo asegurar nuestra libertad, estos días parecerían no ser más que la degeneración extrema de esa desigualdad instituida y legitimada, días de guerra de todos contra todos sin ningún horizonte esperanzador, los días de la muerte de la política. Y entonces, a nosotros, se nos podría aplicar la sentencia devastadora que Rousseau escribiera en su Discurso: “Disgustado de tu estado presente por razones que anuncian a tu posteridad desdichada desazones mayores todavía, tal vez desearías poder retroceder; este sentimiento debe servir de elogio a tus primeros antepasados, de crítica a tus contemporáneos y de espanto para aquellos que tengan la desgracia de vivir después que tí”.

viernes, 8 de febrero de 2008

El progresismo y la reconstrucción del PJ


Este post llega tarde: muchísima tela se ha cortado ya sobre el asunto de la reconstrucción del PJ que está llevando adelante Néstor Kirchner y, más específicamente, su convocatoria a antiguos aliados/enemigos, empezando por Roberto Lavagna. Por eso, quisiera encarar el tema desde una perspectiva en particular, a saber, qué impacto genera (o debería generar) sobre las fuerzas progresistas o de centro-izquierda que se sumaron al armado kirchnerista.
Me resulta inevitable hacer algunas consideraciones previas (una suerte de análisis); trataré de ser breve. Y, por supuesto, aclaro: a continuación no verteré más que apreciaciones infinitamente subjetivas sin ninguna pretensión de verdad.
En primer lugar, creo que la reestrucutración del PJ es una medida de corte coyuntural, es decir, no forma parte de un plan -pergeñado en las sombras y hace tiempo- destinado a convocar a distintos actores para después fagocitarlos y subsumirlos en la estructura tradicional del PJ. Distintos gestos, como la caída de varios caciques bonaerenses, el lugar marginal que ocuparon representantes tradicionales (especialmente sindicales) en las listas de las últimas elecciones y la construcción y acumulación extra-PJ sostenida durante 4 años, parecieran señalar que hay una vocación real de construir una nueva estructura que “suprima conservando” al PJ. En este sentido, creo que el espíritu de la movida está bien representado por la supuesta frase de Cristina (nada importa aquí su veracidad): "Néstor, agarrá vos. Se nos va a meter cualquiera y después... cómo lo sacamos?".
De manera que, en cierto sentido, parecería ser una movida más bien preventiva. Pero, por supuesto, no sólo preventiva. Entonces, en segundo lugar, ¿cuál sería la coyuntura que empujó a Kirchner a buscar y encabezar la reconstrucción de PJ? Creo que la respuesta viene por el lado de que, en las últimas elecciones, se comprobó que si bien se puede gobernar combinando el gasto público con un refinado manejo mediático (léase: no creo que la movida esté destinada principalmente a ganar gobernabilidad), para ganar las elecciones todavía sigue siendo necesario el aparato del PJ. Los triunfos con más del 70% de los gobernadores de la zona norte del país, así como los de los “grandes centros urbanos” que conforman el primer y segundo cordón del conurbano, parecerían ser una muestra de ello. Y parecería claro que la toma de conciencia sobre esta materia fue previa a las elecciones, dado que la campaña de Cristina evidenció una sustancial “pejotización” durante los últimos dos o tres meses.
En definitiva, a mi parecer, se trata de una cuestión eminentemente táctico-estratégica con el objetivo de controlar la maquinara del PJ para evitar que otros lo hagan así como para poder usufructuarla y ponerla a trabajar al servicio de su propio proyecto.
Es por todo lo anterior que, siempre según mi opinión, la reestructuración del PJ no debería representar para los aliados de centro-izquierda del gobierno una preocupación ni debería, al menos por el momento, suscitar replanteos sobre el rumbo adoptado o la vigencia del proyecto de la Concertación.
En primer lugar, como dije, porque no creo que sea una jugada “ideológica”, sino estrictamente política. En ese sentido, un replanteamiento de la decisión de acompañar al gobierno por parte de sus aliados progresistas debería estar motivada en las políticas públicas concretas impulsadas y no en las personas. Si el rumbo que tuvo la gestión de Kirchner se mantiene durante la actual, en principio no habría razones fuertes para abandonar el proyecto.
En segundo término –y relacionado directamente con lo anterior-, creo que si las fuerzas progresistas que se acercaron al gobierno clamaran ahora por un “viraje ideológico” hacia la derecha en virtud la convocatoria a participar de la reestructuración del PJ a actores como Lavagna, Puerta o Romero, sería una hipocresía. Si fuese por juicios personales, ninguna fuerza que se precie de progresista podría haber integrado nunca jamás el proyecto de la Concertación. ¿Acaso Lavagna es más de derecha que Lousteau, discípulo de Fraga? ¿Qué podría decir Beder Herrera para diferenciarse de Puerta o Romero? ¿Alguien se olvida del prontuario de Aníbal o del cavallismo (con lista junto a Elena Cruz incluida) de Alberto? Si es por la posibilidad de dar una lucha desde dentro de la gestión, por llevar adelante ciertas áreas o proyectos, por empujar una construcción heterogénea hacia la izquierda, puede ser; pero si es por las personas... no jodamos.
Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí no quiere decir que sea fantástica o que nos deba caer simpática la reestructuración del PJ. Pero no representa más costos que los que ya se han asumido, o no significativamente. En cambio, sí es un límite al proceso de construcción política: aun hoy sigue siendo iluso pensar en una fuerza política con capacidad de gobierno (y de ganar elecciones) que excluya a la mayoría del PJ. Esto debe ser tenido en cuenta por los actores de centro-izquierda y es un factor sobre el que hay que prestar especial atención, por supuesto. Aunque hoy no lo sea, quizá más adelante se evidencie que este punto fue una inflexión que devolvió al gobierno kircherista a la senda de la política tradicional que gobernó este país durante las últimas décadas.
Esperemos que esta cuestión represente modificaciones sustantivas de las fronteras del PJ para adentro y no desde el gobierno hacia fuera. Quizá haya que tener en cuenta (digo, para no desesperar) que para vaciar una empresa, primero hay que comprarla. Pero si no, si resulta que se compró la empresa para eliminar a la competencia, bueno, esperemos saber darnos cuenta a tiempo. Hay que ser bien consciente de los riesgos y los costos asumidos para después tener la inteligencia y la humildad de reconocer si se erró el camino. Pero no por eso hay que dejar de caminar. Como dijo Goëte y repitió Hegel, “el que quiere algo grande debe saber limitarse”.

jueves, 31 de enero de 2008

Rapsodia bohemia

Una vez, en la facultad, me dijeron que “rapsodia”, etimológicamente al menos, significa una especie de tejido, red, hilado o una sucesión de elementos ligados entre sí (no voy a chequear ahora el significado real para mantener el suspenso). Así que acá voy con mi rapsodia.
En realidad, la cosa es así. Acabo de comer. Y mientras comía, pensé que el lunes se me acaban las vacaciones y que iba a extrañar mi vida de vacaciones. Pensé que, entre otras cosas, voy a extrañar mi blog y los ajenos, el intercambio que se genera, las discusiones serias, los disparates. Voy a pasar menos tiempo frente a la máquina, o menos tiempo disponible como para navegar a piacere. Y me dio nostalgia, che.
Se me ocurrió entonces que en lugar de lamentarme, podía aprovechar estos últimos días de alpedismo. Por eso decidí escribir un post sobre cosas que hice o que pensé durante el día, todas absolutamente intrascendentes, mínimas, inconexas. Pero bueno, cuando esté trabajando las voy a extrañar.
En verdad, estos días de vacaciones en casa han sido maravillosos. Empezando por el despertador, que ha enmudecido (bah, suena cuando se levanta Flor –que sí tiene que trabajar lamentablemente-, pero después se calla). Sin duda, existe un abismo de diferencia entre dormir con un despertador puesto a tal hora, o con el organismo por alarma. Estoy convencido que se duerme mejor, más relajado. Algún día me voy a filmar mientras duermo, un día con despertador y otro sin; seguro que en este último caso, mi cara denotará felicidad.
Así que me levanto tipo 11, pa’ redondear. Algo de desayuno (hoy, yogur de vainilla) y a la compu: mails y diarios, lo cual toma más de una hora. Y después los blogs. Primero los de los amigos, luego los conocidos. Ahí empieza lo que podría ser una complicación, porque sin control, el asunto es medio adictivo. Si veo un post interesante y comento, entonces me quedo colgado y apretando “actualizar” a cada rato, a ver si alguien comentó más cosas. Y bueno, así se hace como la una y media o las dos.
En el medio, preparar el mate, ir al baño (número 1 y número 2) y hablar por teléfono, mayormente con gente del Partido, pero también familia o amigos. Y también escuchar y bajar música, algo que me ha tenido bastante ocupado este tiempo (¿no, Agus?).
A las dos decidí almorzar, aunque no me moría de hambre (trato de mantener cierto orden en el horario de la ingesta; todavía no soy taaaan desestructurado). El menú: milanesa de pollo (pechuga) con ensalada. Varias cosas pensé que quería decir al respecto. En primer lugar, tanto mientras cocinaba como cuando comía, sentí más de una vez que estaba comiendo mejor y más sano, y eso me puso contento. Me pregunté cual es la razón de que ahora me preocupe por comer (en definitiva, estar) mejor; en el acto, llegué a la misma y obvia respuesta de siempre.
Pese a tener tomate y zanahoria, la ensalada fue sólo de lechuga y cebolla. Al momento de condimentar me di cuenta de que no tenía ni limón, ni vinagre ni aceto; me puse a cavilar si me convenía comer así o bajar a comprar limón, enfrentando el riesgo de que la milanesa se me queme/seque, pero me di cuenta de que tenía un cosito de aderezo “del césar” que guardé una vez que Flor pidió ensalada en macdonal. Es artificial pero rico, así que así fue. Y finalmente la milanesa, que merece una observación: compro las milanesas de pollo ya hechas en un lugar chiquito, atendido por un chino con pelo lacio, que queda en guardia vieja y medrano. Si hay algún vecino lector, se lo recomiendo efusivamente: es muy barato (2 kg por $17) y la calidad es excelente, realmente son exquisitas. E igual de buenas son las de carne (dicen ser de nalga) y las de pescado.
Bueno, todo muy rico. Y mientras comía pensaba en que estaba al pedo, que iba a extrañar y lo que narré hasta aquí sobre la ensalada y la milanesa. Entonces recordé que esta mañana mi amigo Zabalita publicó un post sobre la envidia que le daba la vida de café literario de Kirchner y que yo dejé un comentario coincidiendo, pero me había olvidado de decir lo fundamental: durante toda esta semana estuve jodiendo y diciendo que mis días estaban siendo como los de Néstor en Puerto Madero!!! Zabalita, juro que es verdad, se lo dije a todo el mundo durante esta semana y no sé por qué razón no me di cuenta de escribirlo en mi comentario. Me levanto, leo los diarios, como algo rico, navego por Internet, mucha política (algo de rosca), alguna escapada al gimnasio, algo de filosofía a la tarde y una salida o una peli a la noche (anteanoche vimos Los sospechosos de siempre; yo ya la había visto, pero me sirvió para reconfirmar que es una de las mejores películas de su género, por lejos). Igual que Néstor, pero en Almagro!!!
Y cuando pensé en eso dije “ya fue”, yo escribo todas esas boludeces y a la mierda.
Y ahora, ya que estamos en este tren loco de alpedismo y cafés literarios, para finalizar, quisiera cerrar con una sentencia dura, tajante, taxativa, con la firmeza que sólo la ignorancia puede dar: Bohemian rapsody, de Queen, es el mejor tema de la historia del rock (y si no es, es uno de los mejores cinco, sin dudas). Así que, para cerrar esta rapsodia bohemia, otra rapsodia bohemia, pero posta posta.

miércoles, 30 de enero de 2008

Lluvias


Ayer a la tarde fuimos con Flor a comprar un regalo de cumpleaños para su tía, la cual tiene de todo, así que nos dirigimos a Palermo en busca de alguna excentricidad. Después pasamos un rato por lo de su mamá y ya cuando comenzaba a anochecer nos dispusimos a volver a casa.
El cielo estaba cubierto de unas nubes oscuras, espesas y amenazantes. Flor propuso taxi (y yo me tenté) pero insistí con el subte: estábamos a dos cuadras de la estación, a dos paradas de la que nos corresponde, a tres cuadras de ahí. O sea: en 15 minutos estábamos en casa, lo peor que podía pasar era mojarnos un poco.
Cuando llegamos a nuestra estación, afuera caía un diluvio que hubiera hecho a Noé meter sus animales en un buquebús y disparar para Colonia. El agua bajaba por las escaleras del subte haciendo cascada y los pasajeros que descendieron se amontonaban en la puerta, temerosos de salir y enfrentarse con el temporal.
Al cabo de pocos minutos, salimos. No sabíamos cuándo iba a aflojar y además estábamos a 3 cuadras. Subimos la escalera y nos refugiamos en un toldo. El agua empezaba a llegar al nivel de la vereda, el viento volaba las pelucas, Flor me recordó –en más de una ocasión- que ella había votado por el taxi.
En uno o dos minutos, el agua empezó a subir a las veredas y vimos cómo algunas bolsas de basura eran arrastradas como hojas. Ya habíamos estado un rato bajo el toldo, mojándonos igual, esperando nada, así que decidimos caminar hasta casa bajo el diluvio. “Qué cagada, no vamos a poder ir a Blockbuster”, le dije. Y caminamos.
Antes de cruzar la calle ya estábamos empapados; el agua caía realmente con violencia.
Hicimos dos cuadras y pasamos por la plaza. En la calle estaban estacionados varios carros cargados con cartones. De la vereda de enfrente, bajo algún alero, estaban sus dueños, los cartoneros. Familias completas, mujeres, chicos, que como todos los días habían salido a caminar la ciudad revisando la basura para encontrar algo que pudieran vender después. Pensamos que para esa gente era realmente un garrón porque todo lo que habían juntado se estaba echando a perder ante sus ojos. Que una vez que amaine deberían caminar mojados, con el carro a cuestas, hasta alguna estación de tren, que los llevaría hasta algún lugar del conurbano donde, siempre mojados, deberían caminar hasta sus casas. Pensamos también que posiblemente sus calles estuvieran completamente embarradas, casi intransitables. Y que quizá también estaría lloviendo dentro de sus casas. O que no tendrían agua caliente.
Una cuadra después estábamos en casa. Entramos directo a la ducha, mientras por la ventanita del baño vimos que la lluvia seguía y que pasaba el camión de la basura. Después, un rico pollo al curry y, para terminar, una peli en la cama.
Qué suerte.
Qué injusto.

viernes, 25 de enero de 2008

Menos mal




Ansias de bajar


Para abordar el fenómeno desde su raíz, debería empezar por tratar el tema de la ansiedad en general, muy común en estos tiempos (“es casi hipnótico/ el tic no alcanza al tac/ ni me moja el paladar!”, dicen Los Redondos), especialmente en medios urbanos. Pero eso llevaría un escrito de otra envergadura, además de conocimientos específicos de los cuales carezco, así que me limitaré a hablar de un caso específico: la ansiedad que sufren quienes viajan en ascensor.
Desde ya que este post surge de una constatación de tipo empírica y más bien circunscripta a mis lugares de trabajo, por lo cual no pretendo universalizar mis afirmaciones. Valgan, simplemente, a título descriptivo.
Pero no daré más rodeos. La cosa es la siguiente: al menos donde trabajo, cuando la gente sube al ascensor experimenta cierta clase de sufrimiento cada vez que el mismo realiza alguna parada intermedia entre donde sube y su destino, ya sea arriba o abajo. Y a tal punto sufre, que hace cualquier cosa por evitarlo.
De esa manera he comprobado que la gente, en lugar de esperar pacientemente a llegar al piso deseado, ha desarrollado diversas estrategias para tratar de hacer que esas detenciones se extiendan lo menos posible. La primera (en términos lógicos así como cronológicos) es que, cuando terminan de subir los pasajeros en alguna estación intermedia, se aprieta el botón de “cerrar puerta” (puede decir CP, PC o dos triangulitos enfrentados por su vértice).
Sin embargo, el paso del tiempo (y la ansiedad siempre creciente) contribuyó para que naciera un nuevo modus operandi: en lugar de presionar la tecla de “cerrar puerta”, ahora se trata de mantenerla presionada hasta que se reinicia la marcha.
Hasta aquí, nada que escape al marco de lo previsible. Sin embargo, desde algunas semanas se ha visto una tercera conducta, sin dudas propia de un grupo de vanguardia y que fue, en definitiva, la que me movió a escribir sobre este asunto: consiste en apretar la tecla de “abrir puerta” apenas el ascensor arriba a la estación intermedia y mantenerla presionada hasta que el último pasajero pone un pie sobre el vehículo, momento en el cual –y con velocidad de prestidigitador- se pasa a presionar con decisión la tecla de “cerrar puerta” con un golpe seco.
Debo decir que, hasta ahora, no he podido comprobar si algún método es más efectivo que otro. De hecho, creo que el mismo artilugio a veces tiene distintos resultados, lo cual es bastante raro. Quizá se debería impulsar alguna investigación sobre la animosidad de los ascensores, tal como se debería hacer con otros objetos tales como computadoras e impresoras.
En fin, la cosa es que se hace muy difícil disfrutar el viaje en ascensor o, simplemente, tomar conciencia de que las milésimas de segundo que uno pueda ahorrar con las teclas de PC y PA no van a tener una incidencia significativa en nuestras vidas. Yo, por mi parte –y como en muchas otras cosas- soy militante de la “vieja escuela”: un golpecito sobre PC y a lo sumo, si se pone densa la cosa, la sostengo presionada un ratito. Pero con mesura reformista.

miércoles, 16 de enero de 2008

Vuelvo


“Vuelvo/ Quiero creer que estoy volviendo/ Con mi mejor y mi peor historia/ Conozco este camino de memoria/ pero igual me sorprendo”, dice una bonita canción de Nacha Guevara. Y aunque quizá sea un poco exagerada para la ocasión –no he regresado de un exilio- igual empiezo así, porque yo siento que estoy volviendo.
Vuelvo a postear, después de varias semanas. Para ser más exacto, vuelvo a Internet. Hace unos 15 días que no revisaba mails, lo cual ha sido todo un récord (no sé cuánto tiempo hace que no pasaba tantos días sin mirar el correo).
Vuelvo de vacaciones. Ayer a la madrugada volví a casa, después de haber pasado 11 días (desde el 3 de enero) en un lugar muy bonito llamado Mar del Sur, ubicado en la costa atlántica argentina, unos 15 km al sur de Miramar. Tiene una sola calle asfaltada, dos supermercados, una heladería, un local de videojuegos, uno o dos restoranes, y nada más. Ni siquiera hay señal de celular y hay sólo un lugar con Internet, al que no fui. Obviamente, hay muy poca gente. Mucha comparada con los residentes fijos del lugar (unos 300), pero nada si se lo compara con los grandes balnearios, como Mar del Plata. Y geográficamente, reúne dos maravillas: playa y campo. Así que me la pasé caminando, o tirado en el pasto o en la arena, tomando mate, en fin, haciendo nada, descansando. La foto que encabeza el post es de uno de los tantos maravillosos atardeceres que pudimos disfrutar en Mar del Sur.
Y, finalmente, vuelvo a empezar un nuevo año. Tanto en sentido calendario como personal, ya que el pasado 6 de enero cumplí 24 veranos.
Una sucesión de hechos diversos me impidió escribir nada para fin de año; me hubiese gustado hacer algún tipo de balance (publicable). El 2007 fue un año bastante movido: terminé la carrera, cambié 3 veces de trabajo, cambié 3 veces de casa. Sí señor, 3 mudanzas en un año, que no es poco. La última (y espero que definitiva, al menos por los próximos dos años) fue el 29 de diciembre, así que ahí va una de las razones de mi ausencia del espacio virtual.
Lo de los trabajos tampoco es menor. Por suerte los cambios en este campo han seguido una pendiente bien ascendente, no sólo en lo económico sino también –más importante todavía- en su importancia y su relación con mi vida. El enero de 2007 me encontró trabajando en un call center, una de las experiencias más feas de los últimos tiempos. Fui infeliz y teminé renunciando, hastiado, y sin saber si iba a conseguir algo. Menos de dos semanas pasaron hasta que entré como administrativo en una consultora internacional: excelente sueldo, todo en blanco, muchas comodidades. El salto fue abismal y al principio estuve muy contento. Sin embargo yo era casi licenciado y seguía haciendo trabajo administrativo, como a los 17. Me recibí trabajando ahí, y eso me pesaba. Sumado a eso, mis labores requerían una concentración y dedicación que yo- por la razón anterior y otras, tanto el desinterés como mi personalidad- no le daba. Resultado: me despidieron. Sí, me echaron, cosa que pensé que nunca me iría a pasar. Y nuevamente tuve que afrontar la incertidumbre de saber qué sería de mi futuro, sobre todo que en ese momento yo ya estaba embarcado en un proyecto de convivencia, pagando alquiler, etc. Y ahí nomás, sin que pasaran –nuevamente- dos semanas, pude empezar a trabajar por primera vez en algo que, en más o en menos, se relaciona con mi carrera.
En ese sentido, las cosas no podrían haber salido mejor. Por eso, debo decir que he sido muy afortunado durante el 2007, me ha ido muy bien en todo y aun cuando tuve que afrontar alguna crisis, siempre salí mejor parado de lo que estaba. Por momentos pienso que, como decía Maquiavelo, en general la “fortuna” acompaña a la “virtud”; pero en seguida vuelvo a recapacitar y a reconocer que hay muchísima gente muy virtuosa y con menos suerte. He sido afortunado, espero que el 2008 siga la misma tendencia.
Y, por supuesto: el 2007 fue el primer año de convivencia con Flor (“Yo tuve la mejor Flor/ la mejor de la planta más dulce”, dice una canción que el Indio le regaló a Luca), quien se encargó de que todo fuera mejor, más luminoso, más bonito. Y de cuidarme infinitamente. Gracias.
Termino. Bah, empiezo. Nos deseo un gran 2008 a todos. El post fue bastante personal, ya habrá tiempo para hablar de política y esas cosas. Buena suerte y más que suerte.