
El comienzo de la historia es bastante curioso: sentados en la plaza ubicada en la esquina de Lavalle y Bouchard, esperando para entrar al Luna Park a ver a Deep Purple. Ni Martín ni yo esuchamos Deep Purple, pero me regalaron dos entradas. El recital fue muy bueno.
Mientras esperábamos, Martín me hace un comentario. Martín es un poco más chico que yo, un poco más zurdo (¿trosco?) que yo, no sé si más idealista, seguro que igual de nostálgico. Además de la amistad nos une Marx, Hegel, Borges y Los Redondos, sobre todo Los Redondos. Él va a la cancha.
Decía: Martín me hace un comentario. Me dice que un tipo que trabaja en su barrio, charlando, le cuenta que se está por mudar. Vive y vivió toda la vida en la misma zona suburbial del conurbano (creo que me dijo Ciudad Evita, pero no me acuerdo ni importa), pero se muda, porque la situación se hizo insostenible por sus pagos. El tipo le cuenta, básicamente, que los chicos se adueñaron –en el sentido más literal posible- del barrio. No hay pibe de 14 años que no esté armado. Manejan la droga, el crimen, quién entra y quién sale. Le dice que su hija, para que no le pase nada que no quiera, se tiene que juntar con la barra brava de no sé qué club de fútbol del ascenso. Siente que ya no hay seguridad, que ya no hay códigos. Y se muda.
Lo primero que pensé fue en Ciudad de Dios (gran, gran película), en la cual al final son los chicos los que se adueñan de los negocios de la favela. Después pensé en lo terrible que es estar llegando a ese extremo. Y finalmente, me puse a pensar en el extremo.
Por supuesto, no tardamos nada en razonar que esa realidad no es más que el corolario de la devastación social neoliberal en sentido amplio, es decir, como la destrucción de todos los lazos sociales, vinculares, comunitarios, de su derrota estrepitosa en manos del mercado y sus modos exclusiva y salvajemente competitivos. Nos detuvimos en la cuestión de los códigos: código supone necesariamente alguna forma societal, consensos, acuerdos, voluntades confluyendo en un punto, heterogeneidades que se reúnen por aquello que tienen en común. La pérdida de los códigos daría cuenta, justamente, de la destrucción de la sociedad como tal, de la pura acumulación de infinitas entidades no ya inconexas, sino en pura colisión. Definimos, sin pretender originalidad, que esa podía ser una definición aproximada de la marginalidad.
Y pensamos también en la relación de la marginalidad con el mercado de trabajo y su nueva fisonomía: por un lado, una cierta capa de trabajadores con altos niveles de especificación que, junto a profesionales y otras variantes, logran colarse entre los sectores medios o medios-altos que sobreviven sin perder (e incluso ganando) cierto estándar de vida. Y por el otro, sectores informalizados, totalmente excluidos de los beneficios de la economía formal, socio-económicamente inestables y, finalmente, sectores marginales, para los cuales el trabajo, la salud, la educación y el resto de los derechos básicos de cualquier persona son sumamente precarios y deficitarios o, directamente, inexistentes.
Entonces, se modifica absolutamente lo que fue el cuadro revolucionario clásico. Hay lucha de clases, los poseedores se enfrentan con los desposeídos. Pero ya no hay códigos, no hay un proyecto o un ideal detrás de la lucha, no hay política: sólo hay pura violencia, descarnada, generalizada violencia. Un chico de catorce años con un arma, matando por droga, abusando de otras niñas de la misma edad, eso es la negación por excelencia de la “violencia política”. Y una sociedad sumida en ese cuadro es, se podría afirmar, una sociedad sin política.
Llegados a ese punto, hice la última asociación, por cierto no menos devastadora que las anteriores.
En su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Rousseau trata de pensar al hombre en estado de naturaleza, retratando lo que se conoce como “buen salvaje”. Ese hombre, casi puro instinto, se corrompe con el nacimiento de la sociedad, la cual tiene su origen en la propiedad privada. Con la propiedad, surgen las desigualdades materiales y las de poder, que se van retroalimentando hasta degenerar en una guerra de ricos contra pobres. Pero llegados a ese punto, los ricos les propusieron a los pobres un “Pacto Inicuo”: fijar reglas de convivencia para poder tener un orden social más o menos equilibrado. Sin embargo, en la práctica, ese pacto significó la institucionalización del dominio de los ricos; de ahí que Rousseau afirme que los pobres “corrieron al encuentro de sus cadenas, creyendo asegurar así su libertad”. Según la teorización del ginebrino, este nuevo status institucional de la dominación sólo profundizó las diferencias y los enfrentamientos entre ricos y pobres, el orden político degeneró en tiranía para sucumbir finalmente en una anarquía absoluta y en un estado de guerra de todos contra todos tal como el descrito por Hobbes… o peor.
Es interesante señalar que ese libro termina ahí, sin ningún atisbo de solución, en un absoluto pesimismo. Mucho más adelante, Rousseau escribirá el Contrato Social, en tono absolutamente normativo, es decir, en el plano del deber ser, como la única alternativa al pacto inicuo. Destaquemos, finalmente, que la precondición sine qua non que Rousseau estableció para que se pudiera concretar un verdadero Contrato Social fue una distribución lo suficientemente equitativa como para que no hubiese nadie tan rico como para comprar a otro, ni nadie tan pobre como para venderse.
Hoy, a más de doscientos años de escrito todo esto, la propuesta del Contrato Social no sólo se evidencia impracticable, sino reprobable en muchos puntos. Sin embargo, los trazos con los que se contornearon los momentos previos y posteriores al pacto inicuo, parecen tener plena vigencia. Si el orden político moderno fue ese momento en el cual nos esclavizamos creyendo asegurar nuestra libertad, estos días parecerían no ser más que la degeneración extrema de esa desigualdad instituida y legitimada, días de guerra de todos contra todos sin ningún horizonte esperanzador, los días de la muerte de la política. Y entonces, a nosotros, se nos podría aplicar la sentencia devastadora que Rousseau escribiera en su Discurso: “Disgustado de tu estado presente por razones que anuncian a tu posteridad desdichada desazones mayores todavía, tal vez desearías poder retroceder; este sentimiento debe servir de elogio a tus primeros antepasados, de crítica a tus contemporáneos y de espanto para aquellos que tengan la desgracia de vivir después que tí”.
Mientras esperábamos, Martín me hace un comentario. Martín es un poco más chico que yo, un poco más zurdo (¿trosco?) que yo, no sé si más idealista, seguro que igual de nostálgico. Además de la amistad nos une Marx, Hegel, Borges y Los Redondos, sobre todo Los Redondos. Él va a la cancha.
Decía: Martín me hace un comentario. Me dice que un tipo que trabaja en su barrio, charlando, le cuenta que se está por mudar. Vive y vivió toda la vida en la misma zona suburbial del conurbano (creo que me dijo Ciudad Evita, pero no me acuerdo ni importa), pero se muda, porque la situación se hizo insostenible por sus pagos. El tipo le cuenta, básicamente, que los chicos se adueñaron –en el sentido más literal posible- del barrio. No hay pibe de 14 años que no esté armado. Manejan la droga, el crimen, quién entra y quién sale. Le dice que su hija, para que no le pase nada que no quiera, se tiene que juntar con la barra brava de no sé qué club de fútbol del ascenso. Siente que ya no hay seguridad, que ya no hay códigos. Y se muda.
Lo primero que pensé fue en Ciudad de Dios (gran, gran película), en la cual al final son los chicos los que se adueñan de los negocios de la favela. Después pensé en lo terrible que es estar llegando a ese extremo. Y finalmente, me puse a pensar en el extremo.
Por supuesto, no tardamos nada en razonar que esa realidad no es más que el corolario de la devastación social neoliberal en sentido amplio, es decir, como la destrucción de todos los lazos sociales, vinculares, comunitarios, de su derrota estrepitosa en manos del mercado y sus modos exclusiva y salvajemente competitivos. Nos detuvimos en la cuestión de los códigos: código supone necesariamente alguna forma societal, consensos, acuerdos, voluntades confluyendo en un punto, heterogeneidades que se reúnen por aquello que tienen en común. La pérdida de los códigos daría cuenta, justamente, de la destrucción de la sociedad como tal, de la pura acumulación de infinitas entidades no ya inconexas, sino en pura colisión. Definimos, sin pretender originalidad, que esa podía ser una definición aproximada de la marginalidad.
Y pensamos también en la relación de la marginalidad con el mercado de trabajo y su nueva fisonomía: por un lado, una cierta capa de trabajadores con altos niveles de especificación que, junto a profesionales y otras variantes, logran colarse entre los sectores medios o medios-altos que sobreviven sin perder (e incluso ganando) cierto estándar de vida. Y por el otro, sectores informalizados, totalmente excluidos de los beneficios de la economía formal, socio-económicamente inestables y, finalmente, sectores marginales, para los cuales el trabajo, la salud, la educación y el resto de los derechos básicos de cualquier persona son sumamente precarios y deficitarios o, directamente, inexistentes.
Entonces, se modifica absolutamente lo que fue el cuadro revolucionario clásico. Hay lucha de clases, los poseedores se enfrentan con los desposeídos. Pero ya no hay códigos, no hay un proyecto o un ideal detrás de la lucha, no hay política: sólo hay pura violencia, descarnada, generalizada violencia. Un chico de catorce años con un arma, matando por droga, abusando de otras niñas de la misma edad, eso es la negación por excelencia de la “violencia política”. Y una sociedad sumida en ese cuadro es, se podría afirmar, una sociedad sin política.
Llegados a ese punto, hice la última asociación, por cierto no menos devastadora que las anteriores.
En su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Rousseau trata de pensar al hombre en estado de naturaleza, retratando lo que se conoce como “buen salvaje”. Ese hombre, casi puro instinto, se corrompe con el nacimiento de la sociedad, la cual tiene su origen en la propiedad privada. Con la propiedad, surgen las desigualdades materiales y las de poder, que se van retroalimentando hasta degenerar en una guerra de ricos contra pobres. Pero llegados a ese punto, los ricos les propusieron a los pobres un “Pacto Inicuo”: fijar reglas de convivencia para poder tener un orden social más o menos equilibrado. Sin embargo, en la práctica, ese pacto significó la institucionalización del dominio de los ricos; de ahí que Rousseau afirme que los pobres “corrieron al encuentro de sus cadenas, creyendo asegurar así su libertad”. Según la teorización del ginebrino, este nuevo status institucional de la dominación sólo profundizó las diferencias y los enfrentamientos entre ricos y pobres, el orden político degeneró en tiranía para sucumbir finalmente en una anarquía absoluta y en un estado de guerra de todos contra todos tal como el descrito por Hobbes… o peor.
Es interesante señalar que ese libro termina ahí, sin ningún atisbo de solución, en un absoluto pesimismo. Mucho más adelante, Rousseau escribirá el Contrato Social, en tono absolutamente normativo, es decir, en el plano del deber ser, como la única alternativa al pacto inicuo. Destaquemos, finalmente, que la precondición sine qua non que Rousseau estableció para que se pudiera concretar un verdadero Contrato Social fue una distribución lo suficientemente equitativa como para que no hubiese nadie tan rico como para comprar a otro, ni nadie tan pobre como para venderse.
Hoy, a más de doscientos años de escrito todo esto, la propuesta del Contrato Social no sólo se evidencia impracticable, sino reprobable en muchos puntos. Sin embargo, los trazos con los que se contornearon los momentos previos y posteriores al pacto inicuo, parecen tener plena vigencia. Si el orden político moderno fue ese momento en el cual nos esclavizamos creyendo asegurar nuestra libertad, estos días parecerían no ser más que la degeneración extrema de esa desigualdad instituida y legitimada, días de guerra de todos contra todos sin ningún horizonte esperanzador, los días de la muerte de la política. Y entonces, a nosotros, se nos podría aplicar la sentencia devastadora que Rousseau escribiera en su Discurso: “Disgustado de tu estado presente por razones que anuncian a tu posteridad desdichada desazones mayores todavía, tal vez desearías poder retroceder; este sentimiento debe servir de elogio a tus primeros antepasados, de crítica a tus contemporáneos y de espanto para aquellos que tengan la desgracia de vivir después que tí”.



