Una vez, en la facultad, me dijeron que “rapsodia”, etimológicamente al menos, significa una especie de tejido, red, hilado o una sucesión de elementos ligados entre sí (no voy a chequear ahora el significado real para mantener el suspenso). Así que acá voy con mi rapsodia.
En realidad, la cosa es así. Acabo de comer. Y mientras comía, pensé que el lunes se me acaban las vacaciones y que iba a extrañar mi vida de vacaciones. Pensé que, entre otras cosas, voy a extrañar mi blog y los ajenos, el intercambio que se genera, las discusiones serias, los disparates. Voy a pasar menos tiempo frente a la máquina, o menos tiempo disponible como para navegar a piacere. Y me dio nostalgia, che.
Se me ocurrió entonces que en lugar de lamentarme, podía aprovechar estos últimos días de alpedismo. Por eso decidí escribir un post sobre cosas que hice o que pensé durante el día, todas absolutamente intrascendentes, mínimas, inconexas. Pero bueno, cuando esté trabajando las voy a extrañar.
En verdad, estos días de vacaciones en casa han sido maravillosos. Empezando por el despertador, que ha enmudecido (bah, suena cuando se levanta Flor –que sí tiene que trabajar lamentablemente-, pero después se calla). Sin duda, existe un abismo de diferencia entre dormir con un despertador puesto a tal hora, o con el organismo por alarma. Estoy convencido que se duerme mejor, más relajado. Algún día me voy a filmar mientras duermo, un día con despertador y otro sin; seguro que en este último caso, mi cara denotará felicidad.
Así que me levanto tipo 11, pa’ redondear. Algo de desayuno (hoy, yogur de vainilla) y a la compu: mails y diarios, lo cual toma más de una hora. Y después los blogs. Primero los de los amigos, luego los conocidos. Ahí empieza lo que podría ser una complicación, porque sin control, el asunto es medio adictivo. Si veo un post interesante y comento, entonces me quedo colgado y apretando “actualizar” a cada rato, a ver si alguien comentó más cosas. Y bueno, así se hace como la una y media o las dos.
En el medio, preparar el mate, ir al baño (número 1 y número 2) y hablar por teléfono, mayormente con gente del Partido, pero también familia o amigos. Y también escuchar y bajar música, algo que me ha tenido bastante ocupado este tiempo (¿no, Agus?).
A las dos decidí almorzar, aunque no me moría de hambre (trato de mantener cierto orden en el horario de la ingesta; todavía no soy taaaan desestructurado). El menú: milanesa de pollo (pechuga) con ensalada. Varias cosas pensé que quería decir al respecto. En primer lugar, tanto mientras cocinaba como cuando comía, sentí más de una vez que estaba comiendo mejor y más sano, y eso me puso contento. Me pregunté cual es la razón de que ahora me preocupe por comer (en definitiva, estar) mejor; en el acto, llegué a la misma y obvia respuesta de siempre.
Pese a tener tomate y zanahoria, la ensalada fue sólo de lechuga y cebolla. Al momento de condimentar me di cuenta de que no tenía ni limón, ni vinagre ni aceto; me puse a cavilar si me convenía comer así o bajar a comprar limón, enfrentando el riesgo de que la milanesa se me queme/seque, pero me di cuenta de que tenía un cosito de aderezo “del césar” que guardé una vez que Flor pidió ensalada en macdonal. Es artificial pero rico, así que así fue. Y finalmente la milanesa, que merece una observación: compro las milanesas de pollo ya hechas en un lugar chiquito, atendido por un chino con pelo lacio, que queda en guardia vieja y medrano. Si hay algún vecino lector, se lo recomiendo efusivamente: es muy barato (2 kg por $17) y la calidad es excelente, realmente son exquisitas. E igual de buenas son las de carne (dicen ser de nalga) y las de pescado.
Bueno, todo muy rico. Y mientras comía pensaba en que estaba al pedo, que iba a extrañar y lo que narré hasta aquí sobre la ensalada y la milanesa. Entonces recordé que esta mañana mi amigo Zabalita publicó un post sobre la envidia que le daba la vida de café literario de Kirchner y que yo dejé un comentario coincidiendo, pero me había olvidado de decir lo fundamental: durante toda esta semana estuve jodiendo y diciendo que mis días estaban siendo como los de Néstor en Puerto Madero!!! Zabalita, juro que es verdad, se lo dije a todo el mundo durante esta semana y no sé por qué razón no me di cuenta de escribirlo en mi comentario. Me levanto, leo los diarios, como algo rico, navego por Internet, mucha política (algo de rosca), alguna escapada al gimnasio, algo de filosofía a la tarde y una salida o una peli a la noche (anteanoche vimos Los sospechosos de siempre; yo ya la había visto, pero me sirvió para reconfirmar que es una de las mejores películas de su género, por lejos). Igual que Néstor, pero en Almagro!!!
Y cuando pensé en eso dije “ya fue”, yo escribo todas esas boludeces y a la mierda.
Y ahora, ya que estamos en este tren loco de alpedismo y cafés literarios, para finalizar, quisiera cerrar con una sentencia dura, tajante, taxativa, con la firmeza que sólo la ignorancia puede dar: Bohemian rapsody, de Queen, es el mejor tema de la historia del rock (y si no es, es uno de los mejores cinco, sin dudas). Así que, para cerrar esta rapsodia bohemia, otra rapsodia bohemia, pero posta posta.
jueves, 31 de enero de 2008
miércoles, 30 de enero de 2008
Lluvias

Ayer a la tarde fuimos con Flor a comprar un regalo de cumpleaños para su tía, la cual tiene de todo, así que nos dirigimos a Palermo en busca de alguna excentricidad. Después pasamos un rato por lo de su mamá y ya cuando comenzaba a anochecer nos dispusimos a volver a casa.
El cielo estaba cubierto de unas nubes oscuras, espesas y amenazantes. Flor propuso taxi (y yo me tenté) pero insistí con el subte: estábamos a dos cuadras de la estación, a dos paradas de la que nos corresponde, a tres cuadras de ahí. O sea: en 15 minutos estábamos en casa, lo peor que podía pasar era mojarnos un poco.
Cuando llegamos a nuestra estación, afuera caía un diluvio que hubiera hecho a Noé meter sus animales en un buquebús y disparar para Colonia. El agua bajaba por las escaleras del subte haciendo cascada y los pasajeros que descendieron se amontonaban en la puerta, temerosos de salir y enfrentarse con el temporal.
Al cabo de pocos minutos, salimos. No sabíamos cuándo iba a aflojar y además estábamos a 3 cuadras. Subimos la escalera y nos refugiamos en un toldo. El agua empezaba a llegar al nivel de la vereda, el viento volaba las pelucas, Flor me recordó –en más de una ocasión- que ella había votado por el taxi.
En uno o dos minutos, el agua empezó a subir a las veredas y vimos cómo algunas bolsas de basura eran arrastradas como hojas. Ya habíamos estado un rato bajo el toldo, mojándonos igual, esperando nada, así que decidimos caminar hasta casa bajo el diluvio. “Qué cagada, no vamos a poder ir a Blockbuster”, le dije. Y caminamos.
Antes de cruzar la calle ya estábamos empapados; el agua caía realmente con violencia.
Hicimos dos cuadras y pasamos por la plaza. En la calle estaban estacionados varios carros cargados con cartones. De la vereda de enfrente, bajo algún alero, estaban sus dueños, los cartoneros. Familias completas, mujeres, chicos, que como todos los días habían salido a caminar la ciudad revisando la basura para encontrar algo que pudieran vender después. Pensamos que para esa gente era realmente un garrón porque todo lo que habían juntado se estaba echando a perder ante sus ojos. Que una vez que amaine deberían caminar mojados, con el carro a cuestas, hasta alguna estación de tren, que los llevaría hasta algún lugar del conurbano donde, siempre mojados, deberían caminar hasta sus casas. Pensamos también que posiblemente sus calles estuvieran completamente embarradas, casi intransitables. Y que quizá también estaría lloviendo dentro de sus casas. O que no tendrían agua caliente.
Una cuadra después estábamos en casa. Entramos directo a la ducha, mientras por la ventanita del baño vimos que la lluvia seguía y que pasaba el camión de la basura. Después, un rico pollo al curry y, para terminar, una peli en la cama.
Qué suerte.
Qué injusto.
El cielo estaba cubierto de unas nubes oscuras, espesas y amenazantes. Flor propuso taxi (y yo me tenté) pero insistí con el subte: estábamos a dos cuadras de la estación, a dos paradas de la que nos corresponde, a tres cuadras de ahí. O sea: en 15 minutos estábamos en casa, lo peor que podía pasar era mojarnos un poco.
Cuando llegamos a nuestra estación, afuera caía un diluvio que hubiera hecho a Noé meter sus animales en un buquebús y disparar para Colonia. El agua bajaba por las escaleras del subte haciendo cascada y los pasajeros que descendieron se amontonaban en la puerta, temerosos de salir y enfrentarse con el temporal.
Al cabo de pocos minutos, salimos. No sabíamos cuándo iba a aflojar y además estábamos a 3 cuadras. Subimos la escalera y nos refugiamos en un toldo. El agua empezaba a llegar al nivel de la vereda, el viento volaba las pelucas, Flor me recordó –en más de una ocasión- que ella había votado por el taxi.
En uno o dos minutos, el agua empezó a subir a las veredas y vimos cómo algunas bolsas de basura eran arrastradas como hojas. Ya habíamos estado un rato bajo el toldo, mojándonos igual, esperando nada, así que decidimos caminar hasta casa bajo el diluvio. “Qué cagada, no vamos a poder ir a Blockbuster”, le dije. Y caminamos.
Antes de cruzar la calle ya estábamos empapados; el agua caía realmente con violencia.
Hicimos dos cuadras y pasamos por la plaza. En la calle estaban estacionados varios carros cargados con cartones. De la vereda de enfrente, bajo algún alero, estaban sus dueños, los cartoneros. Familias completas, mujeres, chicos, que como todos los días habían salido a caminar la ciudad revisando la basura para encontrar algo que pudieran vender después. Pensamos que para esa gente era realmente un garrón porque todo lo que habían juntado se estaba echando a perder ante sus ojos. Que una vez que amaine deberían caminar mojados, con el carro a cuestas, hasta alguna estación de tren, que los llevaría hasta algún lugar del conurbano donde, siempre mojados, deberían caminar hasta sus casas. Pensamos también que posiblemente sus calles estuvieran completamente embarradas, casi intransitables. Y que quizá también estaría lloviendo dentro de sus casas. O que no tendrían agua caliente.
Una cuadra después estábamos en casa. Entramos directo a la ducha, mientras por la ventanita del baño vimos que la lluvia seguía y que pasaba el camión de la basura. Después, un rico pollo al curry y, para terminar, una peli en la cama.
Qué suerte.
Qué injusto.
viernes, 25 de enero de 2008
Ansias de bajar

Para abordar el fenómeno desde su raíz, debería empezar por tratar el tema de la ansiedad en general, muy común en estos tiempos (“es casi hipnótico/ el tic no alcanza al tac/ ni me moja el paladar!”, dicen Los Redondos), especialmente en medios urbanos. Pero eso llevaría un escrito de otra envergadura, además de conocimientos específicos de los cuales carezco, así que me limitaré a hablar de un caso específico: la ansiedad que sufren quienes viajan en ascensor.
Desde ya que este post surge de una constatación de tipo empírica y más bien circunscripta a mis lugares de trabajo, por lo cual no pretendo universalizar mis afirmaciones. Valgan, simplemente, a título descriptivo.
Pero no daré más rodeos. La cosa es la siguiente: al menos donde trabajo, cuando la gente sube al ascensor experimenta cierta clase de sufrimiento cada vez que el mismo realiza alguna parada intermedia entre donde sube y su destino, ya sea arriba o abajo. Y a tal punto sufre, que hace cualquier cosa por evitarlo.
De esa manera he comprobado que la gente, en lugar de esperar pacientemente a llegar al piso deseado, ha desarrollado diversas estrategias para tratar de hacer que esas detenciones se extiendan lo menos posible. La primera (en términos lógicos así como cronológicos) es que, cuando terminan de subir los pasajeros en alguna estación intermedia, se aprieta el botón de “cerrar puerta” (puede decir CP, PC o dos triangulitos enfrentados por su vértice).
Sin embargo, el paso del tiempo (y la ansiedad siempre creciente) contribuyó para que naciera un nuevo modus operandi: en lugar de presionar la tecla de “cerrar puerta”, ahora se trata de mantenerla presionada hasta que se reinicia la marcha.
Hasta aquí, nada que escape al marco de lo previsible. Sin embargo, desde algunas semanas se ha visto una tercera conducta, sin dudas propia de un grupo de vanguardia y que fue, en definitiva, la que me movió a escribir sobre este asunto: consiste en apretar la tecla de “abrir puerta” apenas el ascensor arriba a la estación intermedia y mantenerla presionada hasta que el último pasajero pone un pie sobre el vehículo, momento en el cual –y con velocidad de prestidigitador- se pasa a presionar con decisión la tecla de “cerrar puerta” con un golpe seco.
Debo decir que, hasta ahora, no he podido comprobar si algún método es más efectivo que otro. De hecho, creo que el mismo artilugio a veces tiene distintos resultados, lo cual es bastante raro. Quizá se debería impulsar alguna investigación sobre la animosidad de los ascensores, tal como se debería hacer con otros objetos tales como computadoras e impresoras.
En fin, la cosa es que se hace muy difícil disfrutar el viaje en ascensor o, simplemente, tomar conciencia de que las milésimas de segundo que uno pueda ahorrar con las teclas de PC y PA no van a tener una incidencia significativa en nuestras vidas. Yo, por mi parte –y como en muchas otras cosas- soy militante de la “vieja escuela”: un golpecito sobre PC y a lo sumo, si se pone densa la cosa, la sostengo presionada un ratito. Pero con mesura reformista.
Desde ya que este post surge de una constatación de tipo empírica y más bien circunscripta a mis lugares de trabajo, por lo cual no pretendo universalizar mis afirmaciones. Valgan, simplemente, a título descriptivo.
Pero no daré más rodeos. La cosa es la siguiente: al menos donde trabajo, cuando la gente sube al ascensor experimenta cierta clase de sufrimiento cada vez que el mismo realiza alguna parada intermedia entre donde sube y su destino, ya sea arriba o abajo. Y a tal punto sufre, que hace cualquier cosa por evitarlo.
De esa manera he comprobado que la gente, en lugar de esperar pacientemente a llegar al piso deseado, ha desarrollado diversas estrategias para tratar de hacer que esas detenciones se extiendan lo menos posible. La primera (en términos lógicos así como cronológicos) es que, cuando terminan de subir los pasajeros en alguna estación intermedia, se aprieta el botón de “cerrar puerta” (puede decir CP, PC o dos triangulitos enfrentados por su vértice).
Sin embargo, el paso del tiempo (y la ansiedad siempre creciente) contribuyó para que naciera un nuevo modus operandi: en lugar de presionar la tecla de “cerrar puerta”, ahora se trata de mantenerla presionada hasta que se reinicia la marcha.
Hasta aquí, nada que escape al marco de lo previsible. Sin embargo, desde algunas semanas se ha visto una tercera conducta, sin dudas propia de un grupo de vanguardia y que fue, en definitiva, la que me movió a escribir sobre este asunto: consiste en apretar la tecla de “abrir puerta” apenas el ascensor arriba a la estación intermedia y mantenerla presionada hasta que el último pasajero pone un pie sobre el vehículo, momento en el cual –y con velocidad de prestidigitador- se pasa a presionar con decisión la tecla de “cerrar puerta” con un golpe seco.
Debo decir que, hasta ahora, no he podido comprobar si algún método es más efectivo que otro. De hecho, creo que el mismo artilugio a veces tiene distintos resultados, lo cual es bastante raro. Quizá se debería impulsar alguna investigación sobre la animosidad de los ascensores, tal como se debería hacer con otros objetos tales como computadoras e impresoras.
En fin, la cosa es que se hace muy difícil disfrutar el viaje en ascensor o, simplemente, tomar conciencia de que las milésimas de segundo que uno pueda ahorrar con las teclas de PC y PA no van a tener una incidencia significativa en nuestras vidas. Yo, por mi parte –y como en muchas otras cosas- soy militante de la “vieja escuela”: un golpecito sobre PC y a lo sumo, si se pone densa la cosa, la sostengo presionada un ratito. Pero con mesura reformista.
miércoles, 16 de enero de 2008
Vuelvo
“Vuelvo/ Quiero creer que estoy volviendo/ Con mi mejor y mi peor historia/ Conozco este camino de memoria/ pero igual me sorprendo”, dice una bonita canción de Nacha Guevara. Y aunque quizá sea un poco exagerada para la ocasión –no he regresado de un exilio- igual empiezo así, porque yo siento que estoy volviendo.
Vuelvo a postear, después de varias semanas. Para ser más exacto, vuelvo a Internet. Hace unos 15 días que no revisaba mails, lo cual ha sido todo un récord (no sé cuánto tiempo hace que no pasaba tantos días sin mirar el correo).
Vuelvo de vacaciones. Ayer a la madrugada volví a casa, después de haber pasado 11 días (desde el 3 de enero) en un lugar muy bonito llamado Mar del Sur, ubicado en la costa atlántica argentina, unos 15 km al sur de Miramar. Tiene una sola calle asfaltada, dos supermercados, una heladería, un local de videojuegos, uno o dos restoranes, y nada más. Ni siquiera hay señal de celular y hay sólo un lugar con Internet, al que no fui. Obviamente, hay muy poca gente. Mucha comparada con los residentes fijos del lugar (unos 300), pero nada si se lo compara con los grandes balnearios, como Mar del Plata. Y geográficamente, reúne dos maravillas: playa y campo. Así que me la pasé caminando, o tirado en el pasto o en la arena, tomando mate, en fin, haciendo nada, descansando. La foto que encabeza el post es de uno de los tantos maravillosos atardeceres que pudimos disfrutar en Mar del Sur.
Y, finalmente, vuelvo a empezar un nuevo año. Tanto en sentido calendario como personal, ya que el pasado 6 de enero cumplí 24 veranos.
Una sucesión de hechos diversos me impidió escribir nada para fin de año; me hubiese gustado hacer algún tipo de balance (publicable). El 2007 fue un año bastante movido: terminé la carrera, cambié 3 veces de trabajo, cambié 3 veces de casa. Sí señor, 3 mudanzas en un año, que no es poco. La última (y espero que definitiva, al menos por los próximos dos años) fue el 29 de diciembre, así que ahí va una de las razones de mi ausencia del espacio virtual.
Lo de los trabajos tampoco es menor. Por suerte los cambios en este campo han seguido una pendiente bien ascendente, no sólo en lo económico sino también –más importante todavía- en su importancia y su relación con mi vida. El enero de 2007 me encontró trabajando en un call center, una de las experiencias más feas de los últimos tiempos. Fui infeliz y teminé renunciando, hastiado, y sin saber si iba a conseguir algo. Menos de dos semanas pasaron hasta que entré como administrativo en una consultora internacional: excelente sueldo, todo en blanco, muchas comodidades. El salto fue abismal y al principio estuve muy contento. Sin embargo yo era casi licenciado y seguía haciendo trabajo administrativo, como a los 17. Me recibí trabajando ahí, y eso me pesaba. Sumado a eso, mis labores requerían una concentración y dedicación que yo- por la razón anterior y otras, tanto el desinterés como mi personalidad- no le daba. Resultado: me despidieron. Sí, me echaron, cosa que pensé que nunca me iría a pasar. Y nuevamente tuve que afrontar la incertidumbre de saber qué sería de mi futuro, sobre todo que en ese momento yo ya estaba embarcado en un proyecto de convivencia, pagando alquiler, etc. Y ahí nomás, sin que pasaran –nuevamente- dos semanas, pude empezar a trabajar por primera vez en algo que, en más o en menos, se relaciona con mi carrera.
En ese sentido, las cosas no podrían haber salido mejor. Por eso, debo decir que he sido muy afortunado durante el 2007, me ha ido muy bien en todo y aun cuando tuve que afrontar alguna crisis, siempre salí mejor parado de lo que estaba. Por momentos pienso que, como decía Maquiavelo, en general la “fortuna” acompaña a la “virtud”; pero en seguida vuelvo a recapacitar y a reconocer que hay muchísima gente muy virtuosa y con menos suerte. He sido afortunado, espero que el 2008 siga la misma tendencia.
Y, por supuesto: el 2007 fue el primer año de convivencia con Flor (“Yo tuve la mejor Flor/ la mejor de la planta más dulce”, dice una canción que el Indio le regaló a Luca), quien se encargó de que todo fuera mejor, más luminoso, más bonito. Y de cuidarme infinitamente. Gracias.
Termino. Bah, empiezo. Nos deseo un gran 2008 a todos. El post fue bastante personal, ya habrá tiempo para hablar de política y esas cosas. Buena suerte y más que suerte.
Vuelvo a postear, después de varias semanas. Para ser más exacto, vuelvo a Internet. Hace unos 15 días que no revisaba mails, lo cual ha sido todo un récord (no sé cuánto tiempo hace que no pasaba tantos días sin mirar el correo).
Vuelvo de vacaciones. Ayer a la madrugada volví a casa, después de haber pasado 11 días (desde el 3 de enero) en un lugar muy bonito llamado Mar del Sur, ubicado en la costa atlántica argentina, unos 15 km al sur de Miramar. Tiene una sola calle asfaltada, dos supermercados, una heladería, un local de videojuegos, uno o dos restoranes, y nada más. Ni siquiera hay señal de celular y hay sólo un lugar con Internet, al que no fui. Obviamente, hay muy poca gente. Mucha comparada con los residentes fijos del lugar (unos 300), pero nada si se lo compara con los grandes balnearios, como Mar del Plata. Y geográficamente, reúne dos maravillas: playa y campo. Así que me la pasé caminando, o tirado en el pasto o en la arena, tomando mate, en fin, haciendo nada, descansando. La foto que encabeza el post es de uno de los tantos maravillosos atardeceres que pudimos disfrutar en Mar del Sur.
Y, finalmente, vuelvo a empezar un nuevo año. Tanto en sentido calendario como personal, ya que el pasado 6 de enero cumplí 24 veranos.
Una sucesión de hechos diversos me impidió escribir nada para fin de año; me hubiese gustado hacer algún tipo de balance (publicable). El 2007 fue un año bastante movido: terminé la carrera, cambié 3 veces de trabajo, cambié 3 veces de casa. Sí señor, 3 mudanzas en un año, que no es poco. La última (y espero que definitiva, al menos por los próximos dos años) fue el 29 de diciembre, así que ahí va una de las razones de mi ausencia del espacio virtual.
Lo de los trabajos tampoco es menor. Por suerte los cambios en este campo han seguido una pendiente bien ascendente, no sólo en lo económico sino también –más importante todavía- en su importancia y su relación con mi vida. El enero de 2007 me encontró trabajando en un call center, una de las experiencias más feas de los últimos tiempos. Fui infeliz y teminé renunciando, hastiado, y sin saber si iba a conseguir algo. Menos de dos semanas pasaron hasta que entré como administrativo en una consultora internacional: excelente sueldo, todo en blanco, muchas comodidades. El salto fue abismal y al principio estuve muy contento. Sin embargo yo era casi licenciado y seguía haciendo trabajo administrativo, como a los 17. Me recibí trabajando ahí, y eso me pesaba. Sumado a eso, mis labores requerían una concentración y dedicación que yo- por la razón anterior y otras, tanto el desinterés como mi personalidad- no le daba. Resultado: me despidieron. Sí, me echaron, cosa que pensé que nunca me iría a pasar. Y nuevamente tuve que afrontar la incertidumbre de saber qué sería de mi futuro, sobre todo que en ese momento yo ya estaba embarcado en un proyecto de convivencia, pagando alquiler, etc. Y ahí nomás, sin que pasaran –nuevamente- dos semanas, pude empezar a trabajar por primera vez en algo que, en más o en menos, se relaciona con mi carrera.
En ese sentido, las cosas no podrían haber salido mejor. Por eso, debo decir que he sido muy afortunado durante el 2007, me ha ido muy bien en todo y aun cuando tuve que afrontar alguna crisis, siempre salí mejor parado de lo que estaba. Por momentos pienso que, como decía Maquiavelo, en general la “fortuna” acompaña a la “virtud”; pero en seguida vuelvo a recapacitar y a reconocer que hay muchísima gente muy virtuosa y con menos suerte. He sido afortunado, espero que el 2008 siga la misma tendencia.
Y, por supuesto: el 2007 fue el primer año de convivencia con Flor (“Yo tuve la mejor Flor/ la mejor de la planta más dulce”, dice una canción que el Indio le regaló a Luca), quien se encargó de que todo fuera mejor, más luminoso, más bonito. Y de cuidarme infinitamente. Gracias.
Termino. Bah, empiezo. Nos deseo un gran 2008 a todos. El post fue bastante personal, ya habrá tiempo para hablar de política y esas cosas. Buena suerte y más que suerte.
lunes, 17 de diciembre de 2007
Salto al vacío

Un gran amigo y compañero rescató una bonita frase de un teórico que hemos leído y trabajado juntos, lo cual me dio la posibilidad de utilizar y citar dicha frase hasta ubicarla en un posible top-ten de las quotes más usadas. La frase en cuestión es: “toda decisión es un salto al vacío”.
No vienen al caso las implicancias teórico-filosóficas de la afirmación ni tampoco sus orígenes. Sólo la tomaremos en su sentido más literal y cotidiano. Una decisión es un salto al vacío. En otras palabras, es un acto de arrojo, de valentía. Y por sobre todo: de resultado incierto. No sólo porque nunca podemos tener certeza de que estamos tomando la decisión correcta, en función de que somos absolutamente incapaces de ponderar la infinitud de decisiones posibles, sino también porque no nos es dable prever la totalidad de las consecuencias de nuestra decisión.
Tener esto en cuenta es bueno, por dos razones. En primer lugar, para saber que nunca hay un momento “perfecto” para tomar una decisión; tal perfección no existe. Hay que tomarla y punto, asumiendo el riesgo. Hace falta valor. Y en segundo lugar, para que si el tiempo nos demuestra que una decisión fue incorrecta, no caigamos en un pozo depresivo irreversible: toda decisión lleva la marca indeleble de un fracaso potencial, así como –dulce consuelo- la posibilidad de andar nuevos caminos.
El motivo de este largo preludio es obvio: darme ánimo. ¿Por qué decir todo esto si no me encontrara al borde del precipicio, a punto de tomar esa decisión que me lleve al vacío, al destino incierto, a la posibilidad de la colisión violenta? En fin: ánimo. Me decido. Salto.
Voy a apoyar el gobierno de Cristina.
No es un caso de SOC (Síndrome Oficialista Circunstancial). No es un impulso emocional, tampoco un acto de desesperación esperanzado.
Pero ojo, tampoco es un acto de fe. Ni siquiera un acuerdo cerrado, ni un reconocimiento pleno, ni una promesa de amor eterno. Menos todavía, un voto de confianza ideológico.
Pero tampoco –nunca- una claudicación.
No creo que el actual gobierno esté libre de pecados, de corruptos, de ladrones, de hijos de puta. No pienso que vaya a terminar de una vez y para siempre con las injusticias, con el hambre, con la desigualdad. No espero que vaya a construir una sociedad socialista como la que imagino.
Pero tampoco creo que alguna de las otras fuerzas políticas que actualmente compiten por el poder político estén libres de semejantes pecados. Tampoco creo que las expresiones marginales, que corren al gobierno por izquierda y que ya ni siquiera se proponen pelear por el poder, puedan estar libres de alguno de esos pecados. Y si lo están, creo que en cambios están preñados de una inmadurez política inconducente, destructiva, obtusa, caricaturesca. Rocanrolnnnnnn.
Ya no creo que un cambio total pueda ser instalado de un día para el otro. Menos que menos en la Argentina actual. Y ya no creo que sea todo lo mismo. Ya no quiero ser maniqueo, ni simplista, ni necio.
Hace un tiempo un amigo (con quien tengo más de una diferencia irreconciliable) me dijo: “tu pragmatismo me ilusiona”. El comentario fue en chiste, porque nació más bien como chicana, en épocas en las que yo todavía era bastante más pelotudo de lo que soy hoy (sí, todavía más cerrado, necio y pelotudo, créanme). En el momento lo tomé como un chiste y nada más. Hoy me reconozco más pragmático, y por momentos también me ilusiono un poco. No porque me haya olvidado de mis ideas, sino porque siento que he ganado en análisis, en perspectiva de construcción, casi casi, en futuro. Bien lo dijo María Elena Walsh: “no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo”.
Creo que todas las fuerzas de la oposición (todas las que en las últimas elecciones tuvieron una mínima visibilidad) se ubican claramente a la derecha del gobierno. Y creo que la oposición de izquierda no sólo se ha caído del mapa, sino que ya ni ganas me dan de votarlas, porque no les creo y, además, porque no podrían construir ni una pelota con plastilina.
Sé perfectamente que hay gente dentro del gobierno impresentable. Y sé que hay gente peor que impresentable. Igual que en las otras fuerzas. Pero me parece que hoy, dentro de ese enorme e infinitamente heterogéneo conjunto que representa la coalición gobernante, se abren muchos espacios para que participe gente que no sólo es más que potable, sino que son referentes históricos (políticos, intelectuales, culturales) del espacio en el que me reconozco. Veo que algunas áreas del gobierno empiezan a ser ocupadas por gente que hace cosas muy valiosas, cosas que antes hacían fuera de las estructuras de poder (en organizaciones civiles, universidades, etc). Veo que siguen muchos de los Barones del Conurbano, pero también compruebo que han caído varios (y sé de muy buena fuente, además, que esa era una promesa que se había hecho hace ya más de un año).
Veo las matoneadas de Moreno. Pero también veo que se apretó a las privatizadas, a las petroleras, a los hipermercados (grandes formadores de precios si los hay). Veo cómo se avanza sobre los intereses de algunas de las corporaciones que saquean sistemáticamente este país desde hace dos siglos, como la iglesia, el ejército y los rurales, mientras que el resto de la oposición (sí, especialmente vos, Lilita, que alguna vez fuiste quien me motivó a militar) se desgañita por recuperar el honor de los militares y bajar las retenciones.
Y finalmente veo que cada vez se mira más hacia América Latina, veo que se estrechan cada vez más los lazos con gobiernos que uno respeta y defiende (sí, especialmente los de Venezuela, Bolivia y Ecuador) y que se hacen cosas concretas y valiosas, como el Banco del Sur.
¿Que la lista de cosas malas es más larga y más fea? Ya sé. Lo tengo tan claro como el hecho de que esto no es el final, sino apenas un punto de partida. Y quizá ni sea eso. En ese caso, deberé reconocer que me equivoqué y volver a explorar nuevos caminos, para llegar al mismo lugar. Pero bueno, hoy lo veo así. Así que me decido.
Ya se verá qué me depara el vacío.
No vienen al caso las implicancias teórico-filosóficas de la afirmación ni tampoco sus orígenes. Sólo la tomaremos en su sentido más literal y cotidiano. Una decisión es un salto al vacío. En otras palabras, es un acto de arrojo, de valentía. Y por sobre todo: de resultado incierto. No sólo porque nunca podemos tener certeza de que estamos tomando la decisión correcta, en función de que somos absolutamente incapaces de ponderar la infinitud de decisiones posibles, sino también porque no nos es dable prever la totalidad de las consecuencias de nuestra decisión.
Tener esto en cuenta es bueno, por dos razones. En primer lugar, para saber que nunca hay un momento “perfecto” para tomar una decisión; tal perfección no existe. Hay que tomarla y punto, asumiendo el riesgo. Hace falta valor. Y en segundo lugar, para que si el tiempo nos demuestra que una decisión fue incorrecta, no caigamos en un pozo depresivo irreversible: toda decisión lleva la marca indeleble de un fracaso potencial, así como –dulce consuelo- la posibilidad de andar nuevos caminos.
El motivo de este largo preludio es obvio: darme ánimo. ¿Por qué decir todo esto si no me encontrara al borde del precipicio, a punto de tomar esa decisión que me lleve al vacío, al destino incierto, a la posibilidad de la colisión violenta? En fin: ánimo. Me decido. Salto.
Voy a apoyar el gobierno de Cristina.
No es un caso de SOC (Síndrome Oficialista Circunstancial). No es un impulso emocional, tampoco un acto de desesperación esperanzado.
Pero ojo, tampoco es un acto de fe. Ni siquiera un acuerdo cerrado, ni un reconocimiento pleno, ni una promesa de amor eterno. Menos todavía, un voto de confianza ideológico.
Pero tampoco –nunca- una claudicación.
No creo que el actual gobierno esté libre de pecados, de corruptos, de ladrones, de hijos de puta. No pienso que vaya a terminar de una vez y para siempre con las injusticias, con el hambre, con la desigualdad. No espero que vaya a construir una sociedad socialista como la que imagino.
Pero tampoco creo que alguna de las otras fuerzas políticas que actualmente compiten por el poder político estén libres de semejantes pecados. Tampoco creo que las expresiones marginales, que corren al gobierno por izquierda y que ya ni siquiera se proponen pelear por el poder, puedan estar libres de alguno de esos pecados. Y si lo están, creo que en cambios están preñados de una inmadurez política inconducente, destructiva, obtusa, caricaturesca. Rocanrolnnnnnn.
Ya no creo que un cambio total pueda ser instalado de un día para el otro. Menos que menos en la Argentina actual. Y ya no creo que sea todo lo mismo. Ya no quiero ser maniqueo, ni simplista, ni necio.
Hace un tiempo un amigo (con quien tengo más de una diferencia irreconciliable) me dijo: “tu pragmatismo me ilusiona”. El comentario fue en chiste, porque nació más bien como chicana, en épocas en las que yo todavía era bastante más pelotudo de lo que soy hoy (sí, todavía más cerrado, necio y pelotudo, créanme). En el momento lo tomé como un chiste y nada más. Hoy me reconozco más pragmático, y por momentos también me ilusiono un poco. No porque me haya olvidado de mis ideas, sino porque siento que he ganado en análisis, en perspectiva de construcción, casi casi, en futuro. Bien lo dijo María Elena Walsh: “no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo”.
Creo que todas las fuerzas de la oposición (todas las que en las últimas elecciones tuvieron una mínima visibilidad) se ubican claramente a la derecha del gobierno. Y creo que la oposición de izquierda no sólo se ha caído del mapa, sino que ya ni ganas me dan de votarlas, porque no les creo y, además, porque no podrían construir ni una pelota con plastilina.
Sé perfectamente que hay gente dentro del gobierno impresentable. Y sé que hay gente peor que impresentable. Igual que en las otras fuerzas. Pero me parece que hoy, dentro de ese enorme e infinitamente heterogéneo conjunto que representa la coalición gobernante, se abren muchos espacios para que participe gente que no sólo es más que potable, sino que son referentes históricos (políticos, intelectuales, culturales) del espacio en el que me reconozco. Veo que algunas áreas del gobierno empiezan a ser ocupadas por gente que hace cosas muy valiosas, cosas que antes hacían fuera de las estructuras de poder (en organizaciones civiles, universidades, etc). Veo que siguen muchos de los Barones del Conurbano, pero también compruebo que han caído varios (y sé de muy buena fuente, además, que esa era una promesa que se había hecho hace ya más de un año).
Veo las matoneadas de Moreno. Pero también veo que se apretó a las privatizadas, a las petroleras, a los hipermercados (grandes formadores de precios si los hay). Veo cómo se avanza sobre los intereses de algunas de las corporaciones que saquean sistemáticamente este país desde hace dos siglos, como la iglesia, el ejército y los rurales, mientras que el resto de la oposición (sí, especialmente vos, Lilita, que alguna vez fuiste quien me motivó a militar) se desgañita por recuperar el honor de los militares y bajar las retenciones.
Y finalmente veo que cada vez se mira más hacia América Latina, veo que se estrechan cada vez más los lazos con gobiernos que uno respeta y defiende (sí, especialmente los de Venezuela, Bolivia y Ecuador) y que se hacen cosas concretas y valiosas, como el Banco del Sur.
¿Que la lista de cosas malas es más larga y más fea? Ya sé. Lo tengo tan claro como el hecho de que esto no es el final, sino apenas un punto de partida. Y quizá ni sea eso. En ese caso, deberé reconocer que me equivoqué y volver a explorar nuevos caminos, para llegar al mismo lugar. Pero bueno, hoy lo veo así. Así que me decido.
Ya se verá qué me depara el vacío.
La clarividencia de Hobbes

El capítulo X del Leviatán, la obra más conocida de Thomas Hobbes, comienza diciendo: “El poder de un hombre (universalmente considerado) consiste en sus medios presentes para obtener algún bien manifiesto futuro. Puede ser original o instrumental”. Mientras que el poder “original” consiste en “la eminencia de las facultades del cuerpo o de la inteligencia”, el “instrumental” se adquiere mediante los anteriores y sirven como “medios o instrumentos para adquirir más” poder.
Luego de dichas definiciones, Hobbes detalla una larga serie de estos poderes instrumentales. El primero es obvio: la riqueza. Le siguen la reputación, los amigos (en tanto son muchos poderes funcionando como uno), la buena fortuna.
Se detalla entonces, a continuación, más elementos que son –o son síntoma de– poder. Reputación de poder es poder. Reputación de amor es poder (a los efectos del poder, ser temido o ser amado es la misma cosa). Éxito es poder. La afabilidad de los hombres que están en el poder es más poder. La reputación de prudencia es poder. Nobleza es poder. Elocuencia es poder. Las buenas maneras son poder.
Hasta aquí todo bien. Y a continuación, el párrafo que cautivó mi atención y detuvo mi lectura: “las ciencias constituyen un poder pequeño, porque no es eminente, y por tanto no es reconocido por todos. Ni está en todos, sino en unos pocos, y en ellos sólo en pocas cosas. En efecto, la ciencia es de tal naturaleza, que nadie puede comprenderla como tal, sino aquellos que en buena parte la han alcanzado”.
Ayer participé de una reunión provincial del Partido Socialista, la cual dedicó la mayor parte de su duración al análisis de la situación política del país y el rumbo que el partido debía adoptar. Si bien había dos posiciones más o menos definidas, se escucharon innumerables y variopintos argumentos a favor de una y otra, invocando estadísticas económicas, historia, dinámica de las instituciones estatales, políticas públicas, sistemas políticos y la crisis de representación.
Entonces, mientras escuchaba todo eso, pensaba: ¿para qué mierda me habré pasado tantos años estudiando algo de lo cual todo el mundo puede opinar? A nadie se le ocurrió decir: “A ver, dejemos que hable el pibe, que estudió ciencias políticas”, y lo bien que hicieron, porque mi análisis –dato más, dato menos- no podría haber aportado nada deslumbrante a lo que dijeron otros, e incluso –en sus momentos más oscuros- quizá no hubiera podido trascender las doctas opiniones de muchos conductores de taxi de la Ciudad de Buenos Aires.
Desde ya, el comentario anterior tiene una cuota de chiste, no sólo no creo que haya estudiado al pedo sino que, si es cierto que todavía no puedo aportar demasiado a un análisis político de coyuntura, también se debe a que –pese al título de grado- mi proceso de formación apenas si es incipiente. Pero que tenía razón Hobbes, la tenía: comparada con otras formas de poder, la de las ciencias es bastante insignificante e impotente.
Luego de dichas definiciones, Hobbes detalla una larga serie de estos poderes instrumentales. El primero es obvio: la riqueza. Le siguen la reputación, los amigos (en tanto son muchos poderes funcionando como uno), la buena fortuna.
Se detalla entonces, a continuación, más elementos que son –o son síntoma de– poder. Reputación de poder es poder. Reputación de amor es poder (a los efectos del poder, ser temido o ser amado es la misma cosa). Éxito es poder. La afabilidad de los hombres que están en el poder es más poder. La reputación de prudencia es poder. Nobleza es poder. Elocuencia es poder. Las buenas maneras son poder.
Hasta aquí todo bien. Y a continuación, el párrafo que cautivó mi atención y detuvo mi lectura: “las ciencias constituyen un poder pequeño, porque no es eminente, y por tanto no es reconocido por todos. Ni está en todos, sino en unos pocos, y en ellos sólo en pocas cosas. En efecto, la ciencia es de tal naturaleza, que nadie puede comprenderla como tal, sino aquellos que en buena parte la han alcanzado”.
Ayer participé de una reunión provincial del Partido Socialista, la cual dedicó la mayor parte de su duración al análisis de la situación política del país y el rumbo que el partido debía adoptar. Si bien había dos posiciones más o menos definidas, se escucharon innumerables y variopintos argumentos a favor de una y otra, invocando estadísticas económicas, historia, dinámica de las instituciones estatales, políticas públicas, sistemas políticos y la crisis de representación.
Entonces, mientras escuchaba todo eso, pensaba: ¿para qué mierda me habré pasado tantos años estudiando algo de lo cual todo el mundo puede opinar? A nadie se le ocurrió decir: “A ver, dejemos que hable el pibe, que estudió ciencias políticas”, y lo bien que hicieron, porque mi análisis –dato más, dato menos- no podría haber aportado nada deslumbrante a lo que dijeron otros, e incluso –en sus momentos más oscuros- quizá no hubiera podido trascender las doctas opiniones de muchos conductores de taxi de la Ciudad de Buenos Aires.
Desde ya, el comentario anterior tiene una cuota de chiste, no sólo no creo que haya estudiado al pedo sino que, si es cierto que todavía no puedo aportar demasiado a un análisis político de coyuntura, también se debe a que –pese al título de grado- mi proceso de formación apenas si es incipiente. Pero que tenía razón Hobbes, la tenía: comparada con otras formas de poder, la de las ciencias es bastante insignificante e impotente.
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